MarÍa Luisa San José: «No me gustó ser la mujer más deseada»

Fue una de las musas del cine de los 70 y hoy se dedica al teatro. En «Mi mujer es muy decente, dentro de lo que cabe», que regala el viernes LA RAZÓN, es una mujer a la que un señor posesivo quiere encerrar en una jaula.

MarÍa Luisa San José: «No me gustó ser la mujer más deseada»
MarÍa Luisa San José: «No me gustó ser la mujer más deseada»

Para María Luisa, la palabra decencia tiene resonancias antiguas, cuando los educadores exigían recato, escapulario, falda larga y mantener las rodillas pegadas. María Luisa San José era tímida y vergonzosa –aún guarda algo de timidez y vergüenza–, pero ahora sabe que la decencia es otra cosa, por ejemplo, la dignidad, la coherencia con unos principios y la defensa de las causas justas. Es una mujer de izquierdas sin partido. En 1974, cuando sus sueños cinematográficos comenzaban a hacerse carne, interpretó «Mi mujer es muy decente dentro de lo que cabe», la película que el próximo viernes regala este periódico.

–Es la historia –cuenta– de un hombre que ama tanto la libertad que sólo la quiere para él. Le gustan los pájaros y los mantiene en cautividad, lo mismo que a las mujeres. Deja a su mujer para estar conmigo, pero a mí también me quiere encerrar en una jaula.

–¿Algún hombre le quiso así?
–Casi todos han querido encerrarme. Es la tendencia machista, que aún subsiste.

–Parece que hoy los hombres no controlan ni dominan tanto a las mujeres.
–Les gustaría, pero no les dejamos. Nos hemos puesto guerreras. Es muy difícil erradicar el machismo: mire, ya llevamos este año 60 mujeres muertas por violencia de género.

–También es una película sobre los celos...
–Los celos son fruto de la dominación que uno quiere ejercer sobre el otro. Yo no soy celosa, y a veces se me han quejado por no serlo. Los celos nacen también de la inseguridad.
(Le brillan los ojos y se frota las manos al hablar. Rubia con mechas, pañuelo al cuello, pantalones ceñidos. Le digo que está guapa. «Todavía estoy buena, sí; antes me daba vergüenza decirlo». Lleva 18 años con el mismo hombre. Viene de una de sus actividades con una ONG y luego tiene que hacer la maleta porque sale de gira con la obra «Un enredo casi familiar», que interpreta con Jaime Blanch por toda España. Ve el país con mucha doble moral y cree que para algunos la política se ha convertido en pasaporte hacia la riqueza, «y lo peor es que no está tan mal visto como debiera»).

–La película es del 74. Hábleme de aquellos tiempos...
–Trabajaba mucho: cine, teatro, televisión. Más que ahora. Era guapa e ingenua, casi sin enterarme me convertí en la mujer más deseada del país. Lo he sabido ahora. No me gustaba nada ser deseada, lo pasaba mal: nos desnudaron a todas menos a Rafaela Aparicio. Y si no te desnudabas, no trabajabas. Me resarcí en el teatro. Nunca me desnudé en el teatro.

–Me parece que hemos dado demasiada importancia al desnudo...
–El destape era un virus que había que pasar. Ahora me da risa, ahora todo se ve de otra manera, pero entonces se hacía mal ética y estéticamente. Hasta llegaban a vender por ahí los fotogramas en los que aparecíamos despelotadas.

–Y ahora, ¿cómo se ve ante el espejo?
–Veo que pasan los años, claro, pero lo llevo bien, sin asombros, sin horror. Conservo la ilusión y la inquietud. Estoy relativamente contenta conmigo misma.
(En el franquismo fue una actriz concienciada. Recuerda las manifestaciones para lograr el día de descanso en el teatro, las listas negras en TVE –«no quise sustituir en un papel a Tina Sainz, que estaba castigada»–, cuando la detuvieron junto a Aurora Bautista y otros por estar esperando junto a 3.000 personas la salida de la cárcel de la Plataforma Democrática, con Marcelino Camacho al frente. Recuerda a Juan Diego rompiendo apresuradamente su agenda al ser detenido. No está apuntada a nada, «pero siempre me tendrán donde haya una reivindicación justa». Va a cumplir los 65 en enero y me dice que está feliz con sus años: «Aún no me ha llegado el momento de sentirme mal; estoy llena de energía; camino mucho y hago yoga». Ha dejado el tabaco y duerme menos: «Antes dormía un montón; ahora, con seis y media tengo suficiente»).

–No hace mucho cine...
–He hecho una película, «WWW», en cooperativa. Costó sólo 26.000 euros. El director, Javier Díez Moro, se ha dejado en ella sus ahorros. No debería ser así. Pero el problema está en que aquí no existe una industria de verdad. Luego sucede que el negocio quiere carne joven. No hay papeles para las actrices maduras. Las supervivientes sobrevivimos gracias al teatro.

–Nunca fue muy ambiciosa...
–Es verdad. He conseguido cosas sin perder la dignidad. No he sido ni soy muy consumista, las joyas y los coches nunca me han dicho nada. Lo que me gusta es viajar y caminar. Vivo en Villafranca del Castillo y hago senderismo. De los 8 a los 16 hice natación sincronizada y salto de trampolín. Tengo una medalla de plata.

–Era una niña buena...
–He sido siempre una niña buena. Creo que lo sigo siendo.
(¿Y el sexo? «Bien, gracias; no me puedo quejar». La niña buena que tenía los ojitos húmedos, emotiva y cariñosa, lleva en el móvil la foto de su caniche blanco. Comprende a esas mujeres solitarias que quieran más a su perro que a su familia. María Luisa siempre lo ha comprendido todo. Su mejor amiga es muy de derechas).


Berlanga, un «espíritu libre»
«Tengo dos grandes penas: una, por la muerte de Berlanga; otra, porque nunca pude trabajar con él. Era nuestro gran cineasta, un espíritu libre y valiente que contó historias muy difíciles de contar en los tiempos de la censura. Dice Eva Méndes que sería capaz de limpiar el piso de David Lynch para que la contratara; yo también hubiera limpiado el piso de Berlanga por trabajar en una de sus grandes películas. Lo hice, sin embargo, con su hijo, el realizador de TV, en algunos capítulos de «Hospital Central». No sólo me gustaba su cine, también su postura ante la vida: decía cosas sobre el erotismo y sus gustos sexuales que nadie se atrevía a decir».