Europa

La UE encara una nueva crisis institucional

BRUSELAS- En años de euforia –económica, se entiende, que es lo que de verdad importa–, los defectos más evidentes y las diferencias más profundas son digeribles gracias al bálsamo del dinero. Pero cuando las crisis dejan las cuentas en los huesos y los espíritus magullados, no hay espacio para la comprensión y la tolerancia. Y todos los fantasmas salen del armario.

Así, la Gran Recesión no sólo trajo a Europa el mayor batacazo económico en más de setenta años, sino que también ha sacado a la luz una falta de liderazgo, una crisis política y una ruptura social que han dejado a las instituciones comunitarias atenazadas y a sus estados miembros buscando el norte para seguir adelante. Pero en esta búsqueda por encontrar el rumbo, los ciudadanos europeos han visto cómo sus líderes se han comportado más como pirómanos que como bomberos y han terminado por formar la tormenta perfecta al abrir una nueva crisis institucional.

La preparación del pacto fiscal, que culmina la férrea estrategia germana de austeridad presupuestaria para salir del agujero, ha sido el «casus belli» de esta crisis institucional, que tuvo una visible escenificación con la negativa de Reino Unido a sumarse a este acuerdo para mantener las cuentas europeas saneadas.

Las tensiones de esta falla sin embargo han ido creciendo desde que aterrizara la crisis en Europa en 2008. El camino para salir de la Gran Recesión no ha estado capitaneado por las instituciones comunitarias, que garantizan el equilibro entre los Veintisiete estados miembros de la Unión y el control democrático del Parlamento Europeo, sino por una Alemania inflexible y una Francia que ha ido dos pasos por detrás. Y detrás han venido unos socios europeos que han seguido las recetas de Berlín con mayor o menor grado de convencimiento.

La Eurocámara ha sido la que más ha alertado durante los últimos meses de esta deriva intergubernamental, que ha cuajado en un sinfín de grupos de trabajo («task force») que se metían en el tiesto de la iniciativa legislativa de la Comisión, y que se ha consagrado con este pacto fiscal que los líderes esperan cerrar este lunes. Según reconocieron fuentes diplomáticas este jueves, el último borrador aún amenaza con dividir a la UE entre los socios del euro y los de fuera de la eurozona, mientras las instituciones comunitarias sólo jugarán un papel como invitadas. «Este acuerdo no hubiera sido nuestra primera opción. Debemos evitar una división de la UE, y los derechos de las instituciones comunitarias deben estar garantizados», dijo el eurodiputado popular Elmar Brok. « La regla de oro (que limitará el déficit al 0,5 por ciento del PIB)es un ejercicio muy peligroso que se debería limitar al mínimo», opinó el jefe de los liberales en la cámara, Guy Verhofstadt. Para el líder de los Verdes, el eurodiputado Daniel Cohn Bendit, el pacto es «totalmente inútil, no es la respuesta que la crisis está pidiendo».

El riesgo es grande, porque las crisis institucionales roban mucho tiempo, discusiones y energías a los jerarcas europeos, como se vio durante la pasada década con la preparación de la Constitución, el batacazo tras los rechazos de Francia y Holanda en referéndum, y el posterior reciclaje en el Tratado de Lisboa y su tortuosa aprobación. Y con una recesión que vuelve a asomar, EE UU más interesado en el Pacífico que en el Atlántico y las potencias emergentes que ya han perdido el respeto a los europeos, esta vez la UE no tiene tiempo para tumbarse en el diván y sicoanalizarse durante otra década.