Ortega nunca desautorizó a su cuñada por Jesús MARIÑAS

Mientras se debate entre la vida y la muerte hay un nuevo frente abierto, acaso más soterrado que la salud de Ortega Cano.

Marcos García-Montes es íntimo de Ortega Cano
Marcos García-Montes es íntimo de Ortega Cano

No es tan público ni evidente como el distanciamiento de Amador y su hija Chayo, quizá la ausencia más injustificada después de cómo «el tío José» se portó con ella a la hora de cederle Yerbabuena para su boda hace poco más de un mes. Ahí se tensó más la cuerda distanciadora del hoy sufriente y sus hermanos: Eugenio dio la primera voz de alarma –sin dejar de pensar que los platós le mantienen las cuentas abastecidas– y lo secundó el resto de la dinastía.

Pero a lo que íbamos: lo peliagudo es la intención, ya casi realidad, de pretender administrar de forma urgente todo lo que concierne a ese emporio turístico que es el cortijo Yerbabuena, sin permiso ninguno y tan sólo ejerciendo el poder del parentesco. Hasta ahora la finca estaba gestionada por Gloria –la única hermana de Rocío Jurado– y su marido José Antonio. «Ellos hacían y deshacían a entera satisfacción de José», afirman los enterados y hasta Marcos García-Montes, que es el único al que el torero otorgó poderes para llevar todos sus asuntos judiciales. Son íntimos desde hace casi veinte años y el abogado frecuentó al matrimonio haciendo frecuentes salidas de fin de semana o cenas conjuntas. Marcos podría estar en desacuerdo «porque José tenía plena confianza en Gloria y su administración».

Ahora, la medida de Paco, Concha y Mari Carmen es un todos a una –quizá aprovechando la forzada inactividad de Ortega– y pretenden suprimir a dos personas que, además de eficaces, eran de total confianza dada su entrega y responsabilidad. Asimismo, parece que existe un nuevo abogado llamado Zaragoza que ellos mismos han buscado «pero sólo para el tema del accidente», aclaran. Por tanto, no está legítimado para arrogarse derechos que no le corresponden ni más representaciones que las relativas al accidente que desató tal ensañamiento entre las distintas facciones familiares.

La tragedia da para todos y si reprobable es la postura de Amador y su hija, tampoco merece aplauso la iniciativa, a lo mejor bienintencionada, de eliminar a dos personas que se consideran enemigas aunque hagan bien su trabajo. Parece un error tremendo pretender llevar una empresa de la que lo ignoran todo, donde Gloria y su marido cumplían perfectamente con lo exigido. Aquello era «su cortijo», nunca mejor dicho, al extremo de tener bastante descuidado el chalé de Mi Abuela Rocío, que fue la casa de «la más grande» y ahora ofrece un aspecto de semi abandono a los perplejos visitantes. Si Ortega Cano no supera esto, la batalla está servida.