Hitler en la cárcel a cuerpo de rey

El dictador alemán fue condenado a cinco años de cárcel en 1924. Ahora han aparecido 500 documentos que demuestran que vivió muy alejado de las restricciones que se le debían haber aplicado. El día 2 se subastan

En la imagen, el archivista Werner Behringer sostiene uno de los documentos descubiertos.
En la imagen, el archivista Werner Behringer sostiene uno de los documentos descubiertos.

Hay tipos que no merecen en vida ni una milésima de suerte, pero que la tienen sin que se comprenda el motivo ni las razones. En el año 1924, Adolf Hitler, que todavía no gozaba de los éxitos de la imagen pública que después le proporcionaría su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, ingresó en la prisión de Landsberg, situada cerca de la ciudad de Múnich. Debería haber sido un periodo duro, inclemente y ausente de esperanzas. Una de esa épocas que cualquiera, en su sano juicio y en su lugar, lanzaría a lo más recóndito del subsconciente para olvidarla cuanto antes. Pero parece que al futuro dictador le amparó la misma fortuna que le negó en un momento dado el talento de la pintura (vocación que alimentó sin éxito, tal como demuestran algunos óleos de escasa calidad que todavía existen de él) en vez de padecer el tratamiento habitual que sobrellevan los presos que sobreviven en cautiverio, y que recibió un régimen especial que le hizo disfrutar de privilegios reservados para casos excepcionales, chocantes y que parecen casi asombrosos a los ojos de hoy, cuando se cuenta con esa parte de la historia a nuestra espalda.

Un mercado de pulgasAl Führer, tal como ha revelado una serie de documentos que acaban de salir recientemente a la luz pública, se le consintió celebrar sus cumpleaños (se estima que pudo estar acompañado de 30 o 40 personas con motivo de su 35 aniversario), y que recibiera, sin estar sujeto a ninguna clase de supervisión, a todos los visitantes y amigos que deseó durante su cautiverio, según informa Ap. Se trata de un legado de cerca de 500 documentos procedentes de esta penitenciaría y que fueron encontrados por casualidad por una persona, de 55 años de edad, que residía en Nuremberg después de revisar las pertenencias que había dejado su padre al fallecer. Una sorpresa, sobre todo si se rastrea el insólito periplo que han seguido todos estos papeles, que contiene una lista de los que acudieron a verle, en esos años. Werner Behringer, portavoz de la casa de subasta en la que próximamente se pondrá a la venta este conjunto de legajos –salen el próximo 2 de julio con un precio estimado de 30.677 dólares, unos 25.000 euros), explicó que fueron ya adquiridos con anterioridad. De hecho, se compraron, según ha declaró este especialista, en un «mercado de pulgas» durante la década de los setenta. Pero aporta más datos. Dichos documentos aparecieron, casualmente, entre una serie de libros dedicados a la Primera Guerra Mundial y que el padre de la persona que ha descubierto estos legajos compró en algún momento. Entre sus páginas se han conservado todas estas cartulinas y papeles. «Es probable que esta persona no supiera lo que tenía», reconoció Behringer. Para corrobar la autenticidad de este archivo extraviado se ha recurrido a algunas pruebas y cotejos. Todo lo que resultaba necesario para despejar las dudas de falsificación. Robert Bierschneider, uno de los expertos que trabajan en el Archivo del Estado Bávaro, con sede en Mú- nich,se ha dedicado a comparar estos fondos con algunos papeles semejantes que se conservan en la actualidad en las dependencias de esta institución y que proceden de la misma cárcel en la que estuvo encerrado Hitler.

Sentencia y condenaTal como ha revelado este archivista, «el conjunto encontrado tiene dibujos, estampillas y anotaciones» que son iguales a las que se realizaban en este centro penitenciario durante ese mismo periodo. «Los documentos que hemos examinado parecen ser auténticos», precisó, pero también señala que para quitar dudas se requieren los originales, que todavía no han recibido. Fue durante este peculiar cautiverio cuando Adolf Hitler se dedicó a escribir el infame «Mein Kampf». Se le había encerrado por participar en el fallido golpe de Estado de 1923 y el juez dictó sentencia que afirmaba que debía permanecer allí durante cinco años. Aunque en el fondo sólo cumpliría nueve meses y, como indica Behringer, «su tiempo en prisión fue más como unas vacaciones». Lo contradictorio del asunto es que, mientras escribía ese manifiesto de racismo y odio, el director de la cárcel trazaba un perfil por escrito sobre Hitler que puede asombrar por su falta de acierto. Según él, el Führer era «sensible, modesto y agradable con todos, especialmente con los oficiales que le cuidaban».

Visitantes con futuroHitler no estuvo solo. De entre las personas que lo visitaron estuvieron algunos personajes que después ocuparon cargos cuando alcanzó el Reich. En la imagen 2, el archivista Werner Behringer sostiene uno de los documentos descubiertos. Una tarjeta de visita en la que aparecen los datos de la persona que acudió a ver a Hitler. En esta ocasión el nombre que aparece es el del general Ludendorff.