Los pulmones retrasan la mejoría de Larrañaga por Jesús MARIÑAS

Nos tiene en vilo y en un «ay» renovado. Es la táctica que Carlos siempre usó para mantener sus amores de ida y vuelta –hasta tres veces mantuvo romance con María Asquerino–. Fue de sus pasiones casi obsesión, un donjuán permanente.

Tras el eliminado tumor de vejiga, los pulmones le han jugado una mala pasada, prueba evidente de lo dañinas que resultaron las casi dos cajetillas diarias que fumó hasta poco antes de Navidad, cuando empezó a resentirse. Optimistas tras la intervención urológica, apareció esa sorpresa imprevista. Y en eso anda, retardado en la mejoría progresiva que, sin embargo, anticipa una prolongada recuperación.

De ella habló Luis Merlo con María Teresa Campos, los dos vestidos de circunspecto negro. Mientras Teresa mantuvo un ánimo risueño, Luis mostró estar muy afectado por el quebranto de su padre, todo un señor de la escena y personaje de los que ya no quedan. Pocos lo conocerán como yo, que estuve en su boda con María Luisa Merlo en la iglesia de San José, amadrinado por la Ladrón de Guevara, y también en la celebrada ante Jaime de Marichalar, entonces jefe de la contrayente María Teresa Ortiz Bau. Fue su gran equivocación amorosa. Tocaba madera al recordarla, le hizo pasar lo más vergonzoso de su vida aireando cosas íntimas que siempre –¡y cuidado que tuvo amoríos sonados!– había reservado con un pudor ya infrecuente. Y más desde que Bárbara Rey confesó su encamamiento con Chelo García Cortés, algo que me hizo recordar cómo en nuestros tiempos barceloneses cada tarde coincidíamos los tres en el Teatro Victoria de Pepe Buira, que lo mismo propició el debut de Bárbara imitando a Rocío Jurado que el de «Sara Montiel en persona». Yo intuí algo en Bárbara, lo conté y me puso a caldo. El tiempo pone a todos, y a todas, en su sitio. No perdí olfato recientemente confirmado por la totanera de piernas aún interminables.

A Larrañaga le serví de carabina en más de una ocasión. Fueron muchas en una fraternidad de cincuenta años: su despedida de soltero la hicimos en el Café Gijón con su casi suegro Ismael Merlo. De allí salimos para la casa y luego recogimos a su madre y madrina en Flor Baja. Durante la ceremonia compartí con Mimi a su entonces único hijo, pequeño que Carlos aportó a la pareja y que María Luisa crió igual que propio. Pude comprobarlo en los veranos que disfruté con ellos, María Fernanda tejiendo cual Penélope en el chalé de La Navata. Carlos, María Luisa y también Ana Escribano con Paula son parte más de vida que de vivencias. Algo con suma y sigue ante cómo mejora el querido Carlos, siempre galán.