Triunfal regreso de Manzanares

Lo que parecía un simple corte con el estoque –gajes del oficio–, terminó convirtiéndose en un paseo por el Averno de casi seis meses. Afortunadamente, ayer llegó a su final: José María Manzanares regresó a los ruedos.

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Y volvió, acusando la inactividad, pero cargado de pundonor y tesón para no quedarse rezagado de sus compañeros de cartel. Otros dos colosos del escalafón: Julián López «El Juli» y Alejandro Talavante. Casi «ná». Ambos escoltaron al alicantino a hombros al término de la primera de la Feria de Invierno en Vistalegre, que volvió a mostrar a un Juli, consagrado en la cima, y a un Talavante, de dos caras, tan genial en el tercero como insípido en el sexto.

Por partes. Salió El Juli, entregado en el que abrió plaza –el mejor presentado de un discreto encierro de Garcigrande, tanto en traza como en raza–, gustándose con el capote. Lo lanceó a la verónica con mimo, con delicadeza. Muy templados, toro y torero. Se recreó en un ceñido quite combinando chicuelinas y tijerillas. Fue el preludio de una faena a más, iniciada por la derecha, elevada al natural, y con su momento cumbre en una última serie en redondo. El epílogo, pinturero, por trincherillas. Cobró la estocada, atinó a la segunda con el verduguillo y paseó un trofeo. Otro más recibió del cuarto, en realidad, lo arrancó. A arrimón limpio. Soberano «paquete» tragó ante un salpicado sin transmisión al que exprimió las pocas series que tuvo al natural antes de acortar distancias. Sobrado de facultades, se pegó a ¿milímetros? de la cabeza del burel y le obligó a acudir al embroque una y otra vez. De pecho, por la espalda, circulares, invertidos... pases de todos los colores y sabores con idéntico denominador común: sus zapatillas, atornilladas al albero.

José María Manzanares también paseó sendas orejas de cada uno de sus adversarios. No fueron las dos mejores faenas de su carrera, pero tardará en olvidarlas tanto como si lo hubieran sido. Saboreó como el mayor de los triunfos su vuelta al ruedo al quinto, oreja en mano. Lo suyo le costó. Acunó de salida por delantales y con vistosidad al segundo, que llegó con un punto de violencia a la franela, serpenteando en las embestidas. Tobillero, que cantó su peligro y lo materializó en cuanto el levantino se echó la pañosa a la izquierda. Ésa de las diez operaciones, ésa de los injertos y el colgajo, la del maldito corte en los tendones... No era el mejor rival para trazar sus primeros naturales de luces y el burel lo prendió, afortunadamente, sin consecuencias. Volvió a la carga en el quinto por la siniestra y ahora sí la serie llegó a buen puerto. Sin embargo, sus mejores pasajes, con mucho poder, llegaron siempre en redondo. Lo mejor, su estocada al quinto. En la yema, de apéndice por sí sola.

Cerraba el cartel Alejandro Talavante. Volvió a mostrar sus dos versiones. Cara y cruz de una misma moneda. Talento único en el tercero y sosería pura en el sexto. Enamoró en su primero, fresco de ideas. Tras reinventar el pase por la espalda en el tercio y a favor de querencia por tres veces, se estiró en derechazos muy hondos, llenos de ligazón, alargando el viaje. Perfectos.

Soñados. Originales los remates, sobre todo, una arrucina cambiándose la mano para embarcar el de pecho. Con sello propio. Enterró entera la tizona, atrapó las dos orejas y se fue de la plaza. En el sexto, salió su doble, anodino, sin ganas y con la espada roma. Un viejo conocido...