O eres la mejor o no vales nada

Al borde de la piscina horas y horas, llevó la sincronizada al éxito

La decapitación de Tarrés al frente de la sincronizada ha trascendido fronteras, como la carta.
La decapitación de Tarrés al frente de la sincronizada ha trascendido fronteras, como la carta.

Cuando Albert Einstein explicó que si su teoría de la relatividad era exacta los alemanes dirían que era alemán y los franceses que era ciudadano del mundo, pero que si no lo era los franceses dirían que era alemán y los alemanes que era judío, no suponía que casi un siglo después de afirmar que «nada en la naturaleza puede viajar más rápido que la luz», un equipo de investigadores dirigido por Dario Autiero, dedicados al lanzamiento de neutrinos, lo cuestionó porque con su experimento habían rebajado la marca de la luz en 60 nanosegundos… Fue en 2011. Un año después la conclusión está en solfa y Einstein es, efectivamente, ciudadano del mundo. ¿Y Anna Tarrés, qué es? Mientras Artur Mas no se salga con la suya, catalana y española. Y si la seleccionadora nacional gana el juicio a Fernando Carpena, presidente de la Federación Española de Natación, a quien ha demandado por vulnerar derechos fundamentales como el del honor, no dejará de ser la inventora por antonomasia de la «sincro» española, en lugar de ese monstruo de siete cabezas que el dirigente, sirviéndose, como cree ella, de la mala fe de 16 ex nadadoras, ha muñido a la sombra.

Hay otra frase de Einstein que podría servir también para definir no a Tarrés sino a esos enemigos que de repente han salido de debajo de las piedras: «Hay dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana, y del universo no estoy seguro». ¿Alguien ha revuelto las aguas de la sincronizada española y ha cruzado la frontera del sandio? Hay indicios, como evidencias de que la entrenadora, que lo entregó todo por un sueño, disponía entre sus utensilios laborales de palos y zanahorias. Pero están también las denuncias, de niñas que, en el tránsito hacia el cuerpo de mujer, se sintieron vejadas porque «la seño» las llamaba gordas, las animaba a tragarse sus vómitos, las describía con furor uterino o les quitaba las medallas...

Anna desmintió el jueves cada acusación en «Al primer toque», de Onda Cero, aseguró que algunas de las firmantes ni siquiera estuvieron a sus órdenes y manifestó que el trabajo de 15 años se había ido al traste en un solo día: «Están matando la natación sincronizada».
 

Sólo 700 licencias
En España hay 700 licencias de «sincro»; España compite en «igualdad» de condiciones con Rusia (12.000 licencias), Japón, Estados Unidos y Canadá (20.000). Anna Tarrés (Barcelona, 1967) cogió las riendas de la Selección en 1997 y lo que empezó como una escuela de sirenas en el CAR de San Cugat ha culminado en potencia mundial, un equipo que no se baja del podio ni en Europeos, Mundiales y Juegos Olímpicos. El éxito, evidente y progresivo, convirtió a Tarrés «en la niña bonita», «en una virreina» que caía en gracia, porque la tiene, además de un carácter rebelde e indomable, a los responsables del deporte español, que departía con la Reina, para envidia de sus superiores, con naturalidad, mientras le llovían felicitaciones que ella compartía con sus chicas. Mujeres que, como Andrea Fuentes, la consideran una madre después de compartir con ella 15 años; u otras, como Paola Tirados, Laura López o Cristina Violán, que no le perdonan ofensas del pasado.

Anna Tarrés se defendió de las acusaciones en Onda Cero; algunas muy duras, como que tapó un positivo. Negó haberlo hecho; pero para conocerla mejor no estaría de más una explicación, ésta: próximas a un Mundial, Anna detectó algo extraño en el equipo y sometió a las chicas a un control por sorpresa. La que se fumó el porro de marihuana, «una gamberrada», pidió a una compañera una muestra de su orina. Anna, con la mosca detrás de la oreja, lo repitió y descubrió a la infractora. Ella y la amiga del «préstamo» se quedaron fuera del equipo que compitió en el Mundial. Eran dos nadadoras importantes. Tarrés no se casaba con nadie. Sólo perseguía la pulcritud y el éxito. Hasta que se abrió «la carta», la sincronizada española era un conjunto de estrellas en un firmamento luminoso y despejado; medallas de oro, plata y bronce que bullían en aguas azules, cloradas y cristalinas, aguas mansas que cobran vida y lanzan al Olimpo a jóvenes sirenas entrenadas durante años para ganar, para esa élite que reconforta y enorgullece, o masacra hasta convertir la efigie en juguete roto.

Al borde de la piscina, horas y horas, día tras día, año tras año desde el 97, sin descanso, siquiera para la imaginación, Anna Tarrés, guantes de seda, mano de hierro; metódica y obsesiva; entrenadora inflexible, alentadora de sueños que con su pasión, energía, ilusión, rebeldía, voz y dotes de mando dejaban de ser imposibles.


No es por dinero
La decapitación de Tarrés al frente de la sincronizada ha trascendido fronteras, como la carta. Al corriente de los acontecimientos, Julio Maglione, presidente de la Fina (Federación Internacional de Natación), pensó que la destitución podía deberse a un problema de dinero, dada la crisis que nos asola, y preguntó a un alto dirigente del deporte español si Tarrés ganaba unos 30.000 dólares mensuales. Como se dice en el argot, su interlocutor «se partió la caja». En Onda Cero, Anna Tarrés reveló su sueldo: «3.500 euros mensuales». El presidente Fernando Carpena, 7.142,86, más gastos.