Quién habló de miedo por Andrés Sánchez Magro

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El valor de los toreros se presume como diría el castizo. No puede entenderse la tauromaquia sin el especial compromiso ético y personal de quién vistiéndose de luces cambia la moneda de su vida por la de la gloria. Viejo debate, lleno de interpretaciones psicoanalíticas de pacotilla, es saber la frontera delgada entre el valor que desprecia el miedo, y la asunción inteligente pero voluntarista del riesgo que implica lidiar un toro. José Tomás es desde luego valiente. Muy valiente. No puede decirse, porque no puede graduarse el auténtico sentimiento de un torero que reacciona en décimas de segundo, si ha sido el más valiente de la historia. Desde luego, el valor se sustenta sobre la técnica taurina y sobre la capacidad de parar los latidos del corazón ante las inciertas embestidas de un toro. Se ha mitificado mucho la valentía de los toreros del Romanticismo, como aquel célebre coleta llamado «Desperdicios», que tras sufrir una cornada en el ojo, continuó toreando y dejando para la posteridad la frase alusiva a los restos oculares como de «fuera desperdicios». Nunca tiempo pasado fue mejor, y tampoco en el arte de Cúchares. Hoy se torea mejor que nunca, y seguramente se expone más porque los toreros buscan la perfección artística, la profundidad de las suertes y una expresión reposada y serena frente al toro.Claro está la invención de la penicilina ha ayudado mucho a que las cornadas no sean tan fatales como antes del Doctor Fleming. El miedo se supera con el valor, la gindama y el canguelo que pasan los que se van a poner el vestido de torear en hoteles, coches de cuadrilla, negras noches cruzando la Península después de torear. Y forma parte también de la necesaria liturgia y actitud para los toreros. Son seres tan fuertes que en su expresión incluso, caso de José Tomás, parecen frágiles. Entre los últimos actos de valor insobornable, está la fundacional tarde del lunes 19 de abril del 2010 en la Maestranza sevillana cuando un torero con la percha de artista llamado Morante de la Puebla con total naturalidad se jugó la vida sin alardes frente a un peligrosísimo sobrero de Javier Molina. De hecho, a los toreros de arte, plásticos como eran Curro Romero y Rafael de Paula siempre se les ha imputado, por públicos superficiales y escasamente sensibles, su aparente falta de valor. La docena larga de cornadas que el Faraón de Camas lleva en su cuerpo como medallas, su prodigiosa longevidad torera, su ángel para embrujar dulcemente algunos toros ya en la memoria de todos, desmienten esa afirmación. ¡Y qué decir del gitano de Jerez que sin facultades físicas de ningún tipo, con las rodillas hechas mixtos, ha dejado a una de las páginas más deslumbrantes en lo que Bergamín llamó la música callada del toreo. Sin olvidar que el auténtico valor es el seco , el de la pelea cerebral y sorda con el toro. Es mucho más comprometido pasarse al toro lento y por la faja, que morder un pitón en gesto para la galería y la charanga. El valor es el fruto de la voluntad y del sentido último de la lidia. Sin poesía, con verdad, con autenticidad con rabiosa y fiera propuesta ética, José Tomás no quiere hacerse el harakiri. Es un asceta, tiene pinta de estoico, pudiendo haber nacido en Córdoba o en cualquier sitio de hondura, pero sobre todo es un idealista. Siente miedo, es un forofo de su entorno, vive con pasión el Atleti y cuando se planta cada tarde en la raya de picadores imagina que el toro nunca llegará a desobedecer su prodigioso sentido del toque y del temple. La vulgaridad de pretender que este torero grande, quizá uno de los más grandes del hilo del toreo, desprecie su integridad física, es ignorar precisamente toda esa mágica aventura que inició Pedro Romero, que tiene en los altares a Joselito el Gallo o Manolete, y que también incluye heterodoxos llenos de valor como fueron Juan Belmonte o Paco Ojeda. Y desde luego al genial y único José Tomás.