Emoción a galope

Director: Steven Spielberg. Guión: Lee Hall y Richard Curtis. Intérpretes: Jeremy Irvine, David Thewlis, Emily Watson. EE UU/Gran Bretaña, 2011. Duración: 148 min. Drama bélico.

Pasan los años, y surgen las primeras canas, y crece un poco la barriga, y las narices parecen mayores y los ojos demasiado chicos. Pero el tiempo, a ciertos personajes, las hace también más sabios, de verdad. No le bastó con «Tintín», esa obra maestra hasta para aquellos que miraban con desconfianza al repipi niño del tebeo: meses después, Spielberg presenta nueva cinta, y habrá que ponerse en pie otra vez: majestuosa, épica, emocionante, y, en el mejor sentido de la palabra, una gran película clásica. Sucede sin embargo que, sobre el papel, la historia de un adolescente en la I Guerra Mundial que ve con dolor cómo venden a su animal y decide ir a buscarlo hasta las trincheras podría sonar simple y monda. Qué equivocación: empapado del espíritu fordiano que ya transparentó en «Salvar al soldado Ryan» y de otros grandes cineastas norteamericanos, Spielberg transmite con delicadeza y alguna zona oscura una hermosa historia cimentada en los valores que el irlandés tanto amaba: una nube por la que pululan conceptos como el valor, la dignidad, el coraje, la fe y, claro, el amor. Que mueve montañas y hasta a los chicos de pueblo los hace vestir el uniforme. Espectacular (magníficas las escenas en que el caballo escapa hasta llegar a la «zona de nadie», y las de los dos enemigos que olvidan por él la contienda), sensible (que no sensiblera, aunque alguno en este punto protestará), Spielberg vuelve a tocar hondo y dentro al espectador, que tras el esperanzador final (porque él sigue creyendo en el ser humano) quizá esté pidiéndole un kleenex al vecino porque los propios se acabaron ya. Y es que hay que tener el corazón igual que una piedra.