Lina Morgan gana cuatro millones por La Latina por Jesús MARIÑAS

La actriz compró el teatro por 127 millones de pesetas
La actriz compró el teatro por 127 millones de pesetas

Tras la muerte de su hermano José Luis y la infidelidad profesional de Ángel García –traición también afectiva y humana, ahí duele más–, Lina Morgan perdió la ilusión por el Teatro de La Latina. El «de las alegres chicas» la cameló con tal de verlo lleno cada día, la cómica estaba en su mejor momento. Y hablo en pasado porque, dolorida por la ausencia de su hermano y productor, optó voluntariamente por retirarse. No hay forma de que torne, como no sea tentada por alguna televisión a las que dio récords de audiencia. Acomodada, remolona, sin alicientes personales, Lina se dejó ir. Para colmo, su hermana y compañera Julia tampoco anda muy bien, aunque mantenga tipo y gracia. «Me ha costado mucho programar los últimos años, ya no podía más», comenta Lina.

Aunque José Luis Moreno anduvo detrás del teatro varios años, Lina lo ha vendido a una empresa barcelonesa que representa a la Sociedad de Autores, los mismos que recuperan el añorado Molino de Doña Fernanda. Era una Barcelona divertida, chispeante, disparatada y desinhibida, nada que ver con la ahora alicaída del tripartito. Sólo se despereza con romances como el que Telma Ortiz parece tener con un alto cargo municipal divorciado recientemente.

 

El nombre de la hermanísima ya está unido presuntamente al de Ignacio Cardelús, que al parecer favoreció su acceso al contrato que la liga al municipio catalán donde Hereu baila en la cuerda floja. Eso sí, parece que con Telma no hubo prevaricación.

Pero volvamos a Lina. Afirman que le dan cuatro millones de euros frente a los 127 millones de pesetas que ella pagó a plazos a María Colsada. No ha hecho tanto negocio. «Me respetan el palco de siempre, las butacas de la fila tres y el despacho –de decoración nada oficialista–, que fue de mi hermano y yo heredé», explica.

 

Es como un museo de tiempos mejores. Véase «Vaya par de gemelas», «La marina me llama» o «El último tranvía». Lina argumenta que no le ofrecen nada nuevo y, para colmo, añade que «ya no tengo la forma física de diez años atrás».

 

Sabe sus limitaciones. Pero la principal es esa cierta desgana, un desánimo en aumento del que sólo la distraen amigos como Rául Sender o las charlas telefónicas con Amparo Rivelles, otra autojubilada con 85 años por culpa de las piernas aunque mantenga ingenio, gracia y bellezón. Sobre la fachada del teatro pervive el «LM» del local que puede aplicarse a las iniciales artísticas de quien nació Ángeles López Segovia.