Un diplomático contra el Holocausto

Las noticias que llegaban a España sobre los campos de concentración nazis y la puesta en marcha de la Solución Final eran escasas, o prácticamente inexistentes; no se sabía que los judíos estaban siendo eliminados con un método industrial, ni siquiera perseguidos. El primer informe, por lo menos oficial, que recibió el gobierno de Franco sobre un centro de deportación lo envió el diplomático español Ángel Sanz- Briz, y era sobre Auschwitz. Se trataba del testimonio de dos presos fugados y una carta del diplomático que certificaba su veracidad.

Pero España vivía su posguerra y Franco complacía con su no beligerancia a Hitler (sostienen algunos historiadores que el «führer» lo prefería «neutro» antes que asumir la carga de un ejército que poco tenía que ver con el alemán). Aunque hoy parezca mentira, en esos años mucha gente desfilaba bajo cruces gamadas por algunas ciudades españolas, incluso se llenaban las plazas de toros emulando las demostraciones de masas de Nuremberg en 1933, según quedó plasmado en un album de fotografías aparecido en 2009 y perteneciente al jefe del Partido Nazi en Espña, Hans Thomsen.

Pero hubo excepciones heroicas, aun sin quererlo, y de manera especial en el cuerpo diplomático español, que ayudaron a salvar a miles de judíos de la muerte segura. La más conocida, por su coraje, discreción y eficacia, es la que emprendió Sanz-Briz. Con poco más de treinta años, fue nombrado encargado de negocios de la embajada española en Budapest, poco después de la invasión alemana y en un momento en el que la maquinaria del Holocausto producía miles de muertos diarios en los campos repartidos por toda Europa: sólo entre marzo de 1944 y enero de 1945 fueron deportados 600.000 judíos húngaros a Auschwitz.
El plan de Sanz Briz era darles la nacionalidad a todos los judíos sefardíes, acogiéndose a una ley derogada en 1930, aunque ni jerarcas nazis ni colaboracionistas húngaros lo sabían.

Se calcula que en la Europa ocupada por los alemanes habían 200.000 sefardíes. Sanz Briz alquiló ocho edificios en Budapest, a los que colgó muy dignamente la bandera española en su puerta y un cartel que decía: «Anejo a la legación española».

Las condiciones de vida eran duras, pero por lo menos estaban a salvo: «Vivíamos cincuenta y una persona en un piso de comedor, dos habitaciones y cuarto de criada y sólo en nuestra habitación, que era muy soleada, éramos once. Había gente durmiendo por toda la casa», nos recordaba hace un tiempo Jaime Vándor, que de niño vivía en una de estas casas, en el Parque de San Estebán, junto a su hermano y su madre. Después se instalaron en Barcelona.

Sanz-Briz dio papeles y protegió la vida de unas 5.200 personas que hubieran acabado en la cámara de gas. Él mismo contó en su libro «Los judíos en España» los detalles de cómo distribuyó en tan poco tiempo tantos salvoconductos: primero fueron a 200 judíos y más tarde a 200 familias, «con el simple procedimiento de no expedir pasaporte alguno a favor de los judíos que llevasen un número superior de 200» y siguiendo un orden alfabético.

Sale de las sombras
Las autoridades franquistas permitieron que llevara a cabo estas actividades y no fue obstaculizado, incluso se le dio nuevos destinos (San Francisco, Washington, Lima) y, en 1973, acabó siendo el primer embajador en Pekín y representante ante el Vaticano, donde falleció en 1980 (el 28 de septiembre hará un año que nació en Zaragoza). Sin embargo, su misión desempeñada en Budapest siempre se mantuvo tras las mismas sombras en las que el franquismo escondió con exquisita hopitalidad en territorio español a tantos nazis perseguidos. En 1991, el Museo del Holocausto Yad Vashem, de Jerusalén, nombró a Sanz- Briz Justo de la Humanidad. En 2005, el periodista Diego Carcedo publicó «Un español frente al Holocausto».

Su propia familia tardó tiempo en comprender la importancia de su nombre. «Nosotros les llamábamos los judíos de papá, que le venían a ver, le invitaban, le admiraban... Hasta pasados los años no supimos lo conocido que era entre los judíos. Tuve un vecino húngaro que cuando se enteró que era hija Briz se quedó impresionado, no se lo podía creer», dice su hija Ángela, que vive en Madrid.