Pubis de Abedul

La Razón
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Se dice que en el calor meteorológico está el origen de la felicidad callejera de algunos pueblos y la raíz de su envidiable salud mental, incluso la explicación de cierta pereza existencial que produce regocijo y placer y nunca ha sido bien entendida por las sociedades septentrionales y albigenses, que son frías, metódicas, contenidas, y sólo se acaloran con el esfuerzo de recobrar la calma y enfriar la pasión hasta volverla amianto. A lo mejor es por eso que mientras en la Europa fría y cartesiana prosperan el pensamiento y la ciencia, en ese otro orbe cálido y meridional proliferan la hostelería, la genitalidad y las flores. Yo nací y me crie en un ambiente norteño de temperaturas moderadas, abundante humedad y gente comedida que hace más ruido al rezar que al enfadarse. No soporto bien las temperaturas por encima de los veinte grados y al llegar el verano tengo serias dificultades para escribir porque me obsesiona la idea de que el calor sea bueno para estimular las bajas pasiones, pero incompatible con la literatura. Me resultaba más llevadero el calor cuando era niño y disfrutaba sintiendo el domingo desde la calle el aroma de los plátanos y los melocotones, que traspasaba el escaparate de la frutería cerrada a cal y canto. Con el calor de mi niñez, con el clima de mi adolescencia, cerraba los ojos y percibía el olor láctico e inguinal de las mujeres, aquella culposa emanación del sexo, e imaginaba el hormiguero de sus caldosos pubis de abedul recorridos por la babosa arábiga del placer, legradas por la lengua del sexo, deshuesadas por el vicio. Me pregunto por qué, si el calor me reconforta como recuerdo, no puedo soportarlo ahora en el momento puntual de escribir. ¿Es acaso más literaria la temperatura conmemorativa que la otra? ¿Será que la verdadera literatura es a veces una secreción recordatoria del calor y que lo que desprendían aquellas mujeres con los rigores del verano no era olor, sino gramática? Tendré que reflexionar sobre ello. A lo mejor resulta que mis reservas profesionales hacia el calor son un simple y estúpido prejuicio. Porque si con la levadura del sol se vuelve hojaldre el mármol meridional de los sepulcros, ¿qué razón puede haber para que no medren con su influjo las frases? Revisaré mi actitud frente al calor. No hay que descartar que la literatura sea una destilación exquisita del sudor, la consecuencia de ese bendito instante neófito del verano en el que uno imagina el cadáver de tía Pepita tendido decúbito supino en la cucaña de un refrescante catafalco de mercería, con su bruñido pubis de abedul recorrido por la hidra malteada de una sintáctica procesión de hormigas invidentes y albinas salidas de un tintero con semen.