Chikilicuatre

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Comparado con el vídeo de UGT, Chikilicuatre fue en Eurovisión un derroche de glamour. Me pregunto quién apadrinaría la idea de convocar la huelga con la imagen de un empresario haciéndole gestos lascivos a su empleada. ¿Qué tendrá que ver acariciar un rotulador con pretensiones fálicas con una protesta obrera? Hará mal, sin embargo, quien considere irrelevante la iniciativa. La película responde al propósito de presentar al empresario como un señor que juega a las canicas, veja a sus empleados y se salta la ley. Ridículo, lo sé. La pequeña empresa es el mayor generador nacional de puestos de trabajo y está naufragando en una marea de impuestos, cargas sociales, crisis económica e injusticia política. ¿Es el emprendedor el culpable de los cuatro millones y medio de parados? Ni mucho menos. Pero eso es exactamente lo que pretenden hacer creer Cándido Méndez y sus amigos. La propaganda no pretende defender a los trabajadores y afear al Gobierno su ineficacia, sino difundir que los empresarios tienen la culpa del desempleo y la miseria e intentar resucitar el odio de clases. Mientras se pueda odiar, el Ejecutivo sacará ventaja de ello. Porque si hay un villano –como Chikilicuatre– se puede reconstruir el ideal de un pueblo justiciero como Fuenteovejuna, una multitud supuestamente armada de ideales enfrentada al mal. En el fondo, es algo tan simple como afirmar: tú eres malo, yo soy bueno. La Unión General de Trabajadores ha demostrado con esta iniciativa zafia estar dispuesta a todo con tal de salvarle la cara al Gobierno. El vídeo es una obscenidad y una calumnia, pero no es ineficaz. Por la cuenta que le trae al sindicato, hace reír a muchos.