Rafael Medina sigue explotando su boda por Jesús MARIÑAS

No faltó de nada en esta reaparición: amago de desmayo, un aristócrata por el suelo y hasta descalificación a una reportera que lo entrevistaba con ojos saltones.

Irina Shayk en la pasada edición de la Cibeles Fashion Week
Irina Shayk en la pasada edición de la Cibeles Fashion Week

Supuso un regreso perfectamete calculado: el joven duque de Feria estudió la mejor ocasión y oferta para reaparecer tras el masivo enlace toledano del pasado 16 de octubre. A lo largo de cuatro meses buscó el anonimato para doblegarse luego a la exclusiva en vista de que, después de cobrar lo que «¡Hola!» nunca había pagado por un matrimonio nacional, unos reporteros les estropearon vender la paradisíaca luna de miel, soplada por un íntimo de la joven pareja. No todo salió tan redondo y maquinado como esta vuelta al primer plano propiciada por la pasarela Cibeles y una marca de vodka para la que Medina puso rostro. En la pasada edición, este puesto lo ocupó Irina Shayk, la novia rusa de Cristiano Ronaldo, quien copó portadas con su bellezón, simpatía y cabeza bien amueblada.

Ahora critican al duquesito sevillano, reconvertido en un Beau Brummell carpetovetónico, por su afición a vender su título al mejor postor– siempre sale delante de alguna marca, igual que su hermano Luis–; tampoco es para que tiemblen las panoplias, la Grandeza de España o los más vetustos defensores de actitudes anacrónicas. Si la mismísima Cayetana Alba apoyó recientemente una excursión para reforzar obras benéficas del Príncipe Carlos, ¿cómo resistirse a los cantos de sirena propagandísticos donde ya campan Marisa de Borbón o Simoneta Gómez-Acebo? Hasta Olivia de Borbón ha sido de las últimas en auparse al carro promocionando una joyería juvenil.

Claro que hay anuncios y anuncios, y si ciertos astros de Hollywood evitaron hacer el spot navideño de Freixenet por su rechazo a difundir las excelencias alcohólicas –aun estando bendecidas por Papá Noel–, Medina tiene todo el derecho para exaltar la bebida nacional rusa vía su íntimo Fernando Porcar.

Lo de la «nobleza obliga» pasó a la historia y también se la juegan, como en este caso, ya que alguna tele prepara un vídeo recordatorio de posturas familiares que exaltan el «a mí me gusta el noble de la bota empinar». Lo admirable que haya podido tener el noble en prudente espera de la mejor oferta resultaría contraproducente en caso de echar mano del archivo o videoteca con lamentables momentos de excesiva euforia nada publicitable.