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El «negro» Massera

Tiempo de lectura 4 min.

10 de noviembre de 2010. 23:58h

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11/11/2010

El presidente democrático Raúl Ricardo Alfonsín (Unión Cívica Radical; krausista) me confió antes de tomar posesión que procesaría a las tres primeras Juntas Militares de la dictadura. «No puedo sentar en el banquillo  a todos los militares argentinos». Ya se lo había ordenado a Julio César Strassera, un juez al que los «milicos» dedicaron a instruir robos de gallinas, nombrándole Fiscal General de la República.
La primera Junta, la del golpe de 1976 y la que desató la caza indiscriminada del ser humano, fue presidida por el teniente general Videla, alias «la pantera rosa»  por su flacura y estúpida impavidez, teniendo como camaradas de triunvirato al almirante Emilio Eduardo Massera, por mal nombre «el Negro» tanto por su tez como por su tenebrosidad, y el comodoro del Aire Agosti.
Massera quería ser presidente y aceptaba de mal grado la preeminencia del Ejército sobre la Armada. Hizo fortuna cobrando comisiones por la compra de fragatas en Alemania, y tras el desastre de Malvinas soñó con reencarnar a Perón presentándose a las elecciones libres como un faraón del populismo. Su sadismo y su erotomanía le alcanzaron de vacaciones en Brasil, antes de que Strassera le citara, requerido por un juez de la Sala del Crimen. La Armada le envió un avión naval para regresarle a Buenos Aires.
Marta Rodríguez McCormak era una joven y hermosa rubia, casada con un empresario y una de las infinitas amantes del almirante.  El marido era un testaferro de los delitos financieros del marino y le estafaba en los cambios monetarios. Marta y el cónyuge discutieron bravamente por una fruslería y ella le sentenció: «Le voy a contar al "Negro" lo que hacés y te va a pasar un camión por encima». Massera le convidó a una pequeña singladura en el yate de respeto del Almirante de la Armada, surto en el apostadero naval de El Tigre, en el delta del Paraná, alejado de la capital federal. El ladrón de ladrones también debía de ser tonto porque acudió a la cita. En los meandros selváticos del gran río que nutre al Plata le ataron  cables y pesas de cemento a los pies y lo arrojaron por la borda. Convencido de su impunidad, Massera dejó tantos testigos que cayó incriminado por asesinato con alevosía.
Pero su hazaña fue la Escuela de Mecánica de la Armada, unos pocos edificios de tres plantas en el Gran Buenos Aires. Tuvieron que hacer celdas de cartón piedra para albergar tanto «chupado» (desaparecido) ya que Massera quería emular al Ejército en la represión. Oficiales y marinería, de paisano, se lanzaron a allanamientos y detenciones. Uno de ellos es el capitán de corbeta Alfredo Astíz, «el Niño», por su aspecto candoroso, que se infiltró entre las Madres de la Plaza de Mayo, emboscando y haciendo desaparecer a dos monjas francesas.
Dagmar Hagelín era una adolescente sueca, atleta de velocidad, que al ver hombres civiles esgrimiendo armas se asustó y salió corriendo. Astíz se abrió de piernas, apuntó y advirtió: «Pará, flaca, o disparo». La metió un tiro en la cabeza pero no la mató. La metieron en la baulera de un coche sin chapas, la llevaron al Hospital Naval y jamás volvió a saberse de ella. El sicario de Massera demostró su coraje viril y militar en las Georgias del Sur. Cuando llegaron los ingleses se rindió incondicionalmente sin disparar un tiro de honor al aire.
Unas cinco mil personas fueron llevadas a la ESMA sin que se tenga noticias de ellas. Muchas más salvaron la vida tras torturas inenarrables,  porque los marinos  inventaron suplicios que no se les ocurrieron ni a los chinos de la dinastía Ming. La reina fue la picana, con la que se arrea las reses, pero a alto voltaje, aplicada al glande, los testículos, la vulva, los senos, el ano, con la víctima amarrada a un somier y rociada con agua.
El increíble refinamiento consistía en conectar la picana a una cucharilla de café penetrando a una embarazada para darle corriente alterna al feto. Daban a luz, las mataban y entregaban los bebés a parejas militares estériles. Los jardincillos bucólicos de la Escuela pronto no dieron para tanto enterramiento y se programaron los «vuelos sin puertas». Divertidamente  llamaban «Pentonaval» al Pentotal que inyectaban a los reos. En vuelos nocturnos los arrojaban atontados a la Bahía de Samborombón,  al sur de la desembocadura del Río de la Plata. La luna llena austral es un gigantesco pandero y a su contraluz los habitantes de la bahía veían caer extraños puntitos negros.
Paradójicamente en Argentina no existe la pena de muerte, ni para militares sublevados y genocidas. Strassera sin medios, sin ordenadores con fichas en cajas de cartón, poniéndose  insulina en los recesos, logró para Massera y sus conmilitones la perpetua, primero en un acantonamiento con todas las comodidades, y luego, alegando varias enfermedades, en su casa. Heredé su mucama, mi fiel Rosita. Vivía en un piso 24 de imposible acceso por las ventanas. Limpiando las cristaleras desde la terraza Massera saltó desnudo de la cama apuntándola con una pistola. Cumplía prisión domiciliaria pero tenía un arma bajo la almohada. No le va a llorar ni la McCormack.
 

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