Literatura

Érase una vez Ana María Matute

Dijo que no sabía pronunciar discursos, pero Ana María Matute, emocionada y contenta, urdió ayer un bello elogio a la creación literaria en las palabras que pronunció en Alcalá de Henares ante el Rey durante el acto de recepción del Premio Cervantes de Literatura.

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Fue la tercera mujer en ingresar en la Real Academia Española y la tercera en recibir el Premio Cervantes de Literatura. Ana María Matute ha tenido que esperar muchos años para ver cumplido el sueño de este reconocimiento.

Lo ha recogido emocionada en la voz y también en los ojos, que en ocasiones traicionaban la serenidad de su rostro y no lograban disimular esas emociones evidentes. La escritora, que fue recibida con uno de los mayores aplausos que se han presenciado en esta ceremonia –una viva muestra del cariño que los lectores siempre han profesado a esta novelista española–, leyó un discurso sobre los caminos paralelos que bifurcan la vida: los que discurren por la realidad y los que transcurren por los senderos de la fantasía y la imaginación, que son, justamente, los mismos que han vertebrado su obra y su biografía.

Tres novelas, un discurso
Un elogio a la invención. También a la creatividad, de donde nacen las historias, las largas y las cortas. Pilares que han sostenido y sobre los que se ha erigido la literatura cervantina, la que convierte en gigantes a los molinos de viento y «en delicada Dulcinea a una cerril Aldonza». El acto comenzó a las 12:05, y minutos más tarde reconocía en público «que preferiría escribir tres novelas seguidas y veinticinco cuentos, sin respiro, a tener que pronunciar un discurso, por modesto que éste sea». Matute urdió unas palabras que viajaban entre esas dos orillas diametralmente opuestas que han dividido su existencia.

«Toda mi vida, desde mi infancia hasta los 85 años, ha sido literaria y personal. No se pueden separar», comentó después, más tranquila, en uno de los patios de la Universidad de Alcalá de Henares, cuando la ceremonia había concluido y la inquietud, que la había desasosegado los días anteriores, ya había desaparecido. «Ha estado muy nerviosa, pero cuando coge carrerilla... –reconoció el hijo de la autora, que estuvo junto a ella durante todo el acto–. Anoche estaba tan alterada que se fue pronto a dormir. Después se despertó a las ocho de la mañana, lo que es muy raro, porque suele levantarse tarde».

Matute llegó a la universidad enseguida. Antes casi que los periodistas y mucho antes que la mayoría de los amigos y admiradores que ayer acudieron para estar con ella en el momento más representativo de su carrera. Allí estaban Soledad Puértolas, Ángeles Caso, Ana María Moix, Carme Riera, Juana Salabert, Carmen Caffarel. Pero también acudieron Fernando Delgado, Joaquín Pérez Azaústre y Luis Muñoz. Aparte de sus compañeros de Academia, como José Manuel Blecua, director de la RAE, Gregorio Salvador, Guillermo Pascual o Darío Villanueva. Y delante de ellos invocó una de las frases más importantes de la infancia: «Érase una vez...».

Con esas palabras, que «conmovieron toda mi pequeña vida», se adentró en los asendereados trechos de su pasado, esa «vida de papel» que evocó la tartamudez de su infancia, esa patología de la timidez que únicamente corrigieron las bombas; el fantasma de esa Guerra Civil que le abrió la mirada a la muerte a través de un hombre abatido, y el racionamiento de una posguerra de hambre y frío de la que surgió una generación, la de «los niños asombrados, porque nadie nos había consultado en qué lado debíamos situarnos.

Nadie nos había informado de nada y nos encontramos formando parte de uno o de otro... El mundo se había vuelto del revés». Ante un auditorio rendido (la Reina le pidió el discurso y confesó que le había encantado), recordó la inocencia que la impulsó a presentarse, con diecisiete años, en las puertas de una editorial –Destino– con una libreta escrita a mano para publicar sus primeros libros y las revistas y proyectos que fue hilvanando con entusiasmo adolescente.

El faro del mundo
Se adentró así en el mundo de las letras. «La literatura es el faro salvador de muchas de mis tormentas», reconoció Matute, que todavía piensa en futuro y tiene planes y optimismo suficientes para dar envidia a muchos jóvenes. Alternó los pasajes alegres con los tristes, porque, «en la literatura, como en la vida –aseguró–, se entra con dolor y lágrimas». No olvidó a un compañero de infancia. Un muñeco, al que llama «Gorogó», hoy sin botones en el frac azul, con el pelo deshilachado y el ojo «derecho ya nublado como el mío», que siempre viaja con ella, y que ayer mismo lo esperaba en el hotel y al que confiesa ideas y pensamientos que jamás revela a nadie. -¿Qué le va a decir cuando vuelva? -Me lo voy a inventar todo, contestó en broma.

Pero también hubo tiempo para la protesta y para la reclamación, para dejar clara la disconformidad sobre determinadas prácticas que amenazan con convertirse en hábitos. «Sobre la famosa crueldad de los cuentos de hadas, me estremece pensar y saber que se mutilan bajo pretextos inanes de corrección política más o menos oportunos, que unas manos depredadoras, imaginar tal vez que ser niño significa ser idiota, convierten verdaderas joyas literarias en relatos no sólo mortalmente aburridos, sino, además, necios. ¿Y aún nos preguntamos por qué los niños leen poco? Yo recuerdo aquellos días en Sitges, hace años, cuando algunas tardes de otoño venía a mi casa un tropel de niños y, junto al fuego, oían repetir "Érase una vez".

Y habían dejado la televisión para escucharlos». El Rey, que presidió la ceremonia, recordó, como Ana María Matute, a Gonzalo Rojas, que falleció días atrás, y remarcó el «deslumbrante universo imaginativo» de esta escritora. «Ha considerado –insistió Don Juan Carlos– a menudo la literatura como una forma de extraer de uno mismo el malestar del mundo, una suerte de rebelión íntima. Para ella, la literatura es un estado natural que ayuda a trascender las etapas de soledad ». Ana María Matute expresó esta reflexión de otra manera: «La única verdad es todo lo que he inventado en mi vida».

El detalle: «Arzadú» y Gorogó
De Ana María Matute (en la imagen con la medalla que se entrega al ganador del Premio Cervantes) se valora su talento literario y su capacidad imaginativa. En su discurso, la escritora recordó a Gorogó, el muñeco que le trajo su padre de Inglaterra, y también esa flor que llamó «Arzadú». Una planta por la que, años después, vinieron a preguntarle incluso «escolares americanos» y que ella dibujó en pizarras y le dio un color propio. Aunque ésta nunca existió fuera de sus sueños.