Berlín toma la Bastilla

Hubo un tiempo en que las revoluciones eran posibles. Y con ellas, el poder, siempre insular, se hundía en su propio vómito. No es casual que el más político de los festivales de cine, la Berlinale, inaugurara ayer su sección oficial con una película frrancoespañola, «Los adioses a la reina», que, dándole la enésima vuelta a la toma de la Bastilla, habla de la decadencia del poder en términos fácilmente adaptables a la contemporaneidad. No por casualidad, el director de la Berlinale, Dieter Kosslick, citó la «Primavera Árabe» y el movimiento de los «indignados» para demostrar la vigencia de lo que cuenta el filme, la explosión del «polvorín social inventado por tiranos que se creen invencibles», en palabras de su realizador, el francés Benoit Jacquot.

Jacquot utiliza la figura de Sidonie Laborde, lectora de María Antonieta, para retratar el hundimiento de la corte de Versalles en los cuatro primeros días de la Revolución Francesa. El primer acierto de Jacquot –que adapta la novela homónima de Chantal Thomas– es la elección del punto de vista narrativo. Si en «La toma del poder de Luis XIV» y «María Antonieta», Roberto Rossellini y Sofia Coppola optaron por explicar los gozos y las sombras del poder absoluto negándole al espectador el contraplano del pueblo, Jacquot prefiere que nuestra guía sea una mujer que se mueve en un intervalo: pertenece a las clases bajas –es, en definitiva, una sirvienta– pero mantiene una relación casi íntima con la aristocracia. Es un folio en blanco que los caprichos de la historia escriben a su antojo.

Pasillos de transatlántico
Sidonie (Léa Seydoux) es una heroína desubicada: es un misterio para las criadas de la corte y es un instrumento disfrazado de objeto de deseo para la reina. La confusión del personaje, que vive en presente el caos de Versalles, se contagia al espectador, al que le cuesta orientarse entre los pasillos de un transatlántico que se hunde en plena tormenta. Jacquot ha rodado en el mismo palacio de Versalles, pero no se ha dejado llevar por el decorativismo propio del cine de época: en «Adiós a la reina» reinan los primeros planos y la cámara en mano. Prima, pues, la expresividad del rostro en cautividad y la urgencia con que se registra un mundo a punto de cambiar radicalmente. Quizá el aspecto más llamativo de la película sea el hecho de sugerir que María Antonieta (Diane Krüger) era bisexual, y que su gran amor, a la que salvó de la guillotina, fue la duquesa de Polignac (Virginie Ledoyen). Krüger quitó hierro al asunto de las tendencias lésbicas de su personaje («era una mujer perdida, que no sabía hacia qué dirección huir») e intentó defender la dignidad de una reina que se ha convertido en la imagen corporativa del despotismo ilustrado. En todo caso, es evidente que, en el discurso de Jacquot sobre el solipsismo del poder, la bisexualidad ocupa un lugar importante, porque permite la formación de un triángulo amoroso de signo femenino sostenido por la mirada de Sidonie. Ella es la intrusa y la víctima: a través de María Antonieta, de cómo utiliza la atracción que Sidonie siente por ella, Jacquot contempla el deseo como parte fundamental de las estrategias del poder para perpetuar su absolutismo.

A veces da la impresión de que a Jacquot los árboles no le dejan ver el bosque. Algunas anécdotas prescindibles empañan su planteamiento, y el cineasta sacrifica el punto de vista de Sidonie para incluir una escena entre María Antonieta y el rey Luis XIV antes de que éste se entregue a los rebeldes. Son errores de cálculo que no estropean los hallazgos de una película que sabe dar otra visión sobre un hecho histórico que nos sabemos de memoria, con una puesta en escena viva y original, y unas interpretaciones, sobre todo de Léa Seydoux y Diane Krüger, que captan las ambigüedades morales de sus personajes sin caer en el cliché.

 

Un jurado reivindicativo
«Hay que estar atento a las revoluciones». Lo dijo Mike Leigh al explicar el criterio que seguirá para premiar las películas. «Valoraremos cuestiones sociales y políticas, además de estéticas». Escoger a Leigh, adalid del realismo social británico, para presidir el jurado de la Berlinale es una declaración de intenciones. Leigh celebró el declive de Hollywood frente al cine europeo, de lo que se infirió que el americano iba a irse de vacío y que Jake Gyllenhaal era el infiltrado imperialista de un jurado compuesto por maestros del cine de autor: Asghar Farhadi, François Ozon y actrices de postín:Charlotte Gainsbourg, Barbara Sukowa. La Lola de Fassbinder desengrasó tanta seriedad asegurando que, ahora que nadie le ofrece papeles, los festivales la invitan a formar parte de sus jurados.