Los rebeldes libios a las puertas de Trípoli

El representante libio ante el Tribunal de La Haya cifra en 10.000 los muertos en la represión n Gadafi se acantona en la capital y pierde todo el este del país

Los rebeldes celebran con una bandera monárquica la toma de Bengasi
Los rebeldes celebran con una bandera monárquica la toma de Bengasi

El este de Libia, la región de la Cirenaica, está en manos de los revolucionarios y las fuerzas leales a Gadafi ya no controlan ese territorio, casi la mitad del país. Así lo aseguran aquellos que están huyendo a través del paso de Salum, en la frontera con Egipto. Los leales a Gadafi han sido expulsados de Bengasi, Al Baida, Darna y Aydabia, donde las emisoras de radio emiten comunicados a favor de esta revolución. Mientras, las cifras de muertos siguen creciendo aunque el régimen de Gadafi sólo reconoce 300 víctimas, 111 de ellas militares y policías. La Federación Internacional de Derechos Humanos elevó el número de muertos hasta los 640, más del doble, y el representante libio en la Corte Penal Internacional (CPI), Sayed Al Shanuka, llegó a hablar desde París de más de 10.000.

Los jóvenes que se han rebelado contra el régimen del dictador libio gestionan ahora Bengasi o Al Baida, primeros focos de las revueltas y escenarios de las batallas más sangrientas.
Bárbara, profesora de inglés en Al Baida desde hace seis meses y que consiguió escapar ayer a Egipto después de varios días incomunicada, relata cómo los estudiantes universitarios y los desempleados, esos jóvenes que no tienen esperanza de encontrar trabajo, son los que han llevado a cabo esta revolución, la cual parece haber triunfado de momento en la Cirenaica (este del país).

Los civiles han sido los que la han liderado y, a pesar de haber tomado las armas para defenderse, sus intenciones por ahora son pacíficas y ningún grupo, político o religioso, estaría aprovechando el vacío de poder creado en el este cuando los representantes de Gadafi huyeron o desertaron, un temor expresado ayer por el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, y su titular de Exteriores, Franco Frattini, quienes vislumbran un «califato islamista» en la Cirenaica liberada.

Pero, por ahora, los manifestantes se encargan de la seguridad, patrullando las calles de las ciudades con los kalashnikovs que fueron empleados para masacrarlos. Todavía quedarían sueltos algunos de los mercenarios procedentes del África subsahariana que Gadafi contrató para reprimir a su propia población.

«Los vimos llegar en dos aviones al aeropuerto de Al Baida –asegura Bárbara– y supimos que no eran libios porque no hablaban árabe sino francés».

Lo mismo asegura Katherine, una británica evacuada ayer, que detalla agitada los días de la batalla de Al Baida. «Oíamos disparos, había helicópteros sobrevolando la ciudad y aviones de reconocimiento». Desde el pasado domingo, cuando supuestamente cayó la Cirenaica, «la situación estaba calmada, pero nos tuvimos que marchar: nuestros amigos y vecinos libios nos pidieron que nos fuéramos, temían por nosotros».

Según Barbara, Katherine y su marido Martin, los habitantes de la zona se preparan para lo peor: después del discurso amenazante de Gadafi el pasado lunes, en el que declaró la guerra a sus oponentes, temen que el coronel intente reconquistar el territorio por la fuerza y piensan que su ataque será mucho más virulento que el primero. Por ello, los extranjeros residentes en la zona están siendo evacuados. «Nos dijeron que nos fuéramos a Trípoli», dice Martin, que lleva tres años residiendo en Al Baida, «pero era meterse en la boca del lobo». Salir desde la frontera egipcia es, por el momento, la forma más segura.

Las carreteras que llevan hasta el país vecino son seguras, están controladas por los revolucionarios y el paso fronterizo por la parte libia fue abandonado por la Policía del régimen y ahora es tierra de nadie. Desde entonces, decenas de miles de personas han cruzado la frontera entre Egipto y Libia, la mayor parte de ellos egipcios que regresan a su país, muchos para quedarse.

Algunos prefieren no hablar y otros optan por asegurar que al otro lado «no pasa nada», pero los ríos de emigrantes egipcios que no dejan de llegar desde Libia demuestran lo contrario. «Estuve varios días sin salir de casa y sin poder comer», se quejaba un hombre de mediana edad, mientras un joven comentaba que en Bengasi empezaron a escasear los víveres y la ciudad se convirtió en un pueblo fantasma.


Se estrecha el cerco
Tras la toma por los grupos opositores de la región oriental del país, tradicionalmente enemiga de Gadafi, ayer fueron cayendo en manos de los rebeldes las primeras ciudades en el supuesto bastión del régimen: Sirte y Musrata. Oficiales del Ejército hicieron público ayer su paso a la rebelión. También se combate en la ciudad de Sabha, en pleno desierto.