Barcelona

Identidad taurina por Carlos ABELLA

La Razón
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A principios de los ochenta, el nacionalismo catalán como movimiento sentimental y político decidió ir alejándose de algunos puentes culturales con España. Y eligieron los toros como ejemplo de su lucha identitaria. Para disimular su verdadera y remota intención de siempre, la independencia. Primero regularon la prohibición de que los niños asistieran a las corridas. Luego, que se celebraran toros en plazas que no fueran fijas. Años después, ya con las plazas de Gerona, Figueras, Olot, Sant Feliu de Guixols, Lloret y Tossa de Mar cerradas se «divirtieron» organizando que muchos pueblos de Cataluña se declararan «antitaurinos» y votaron una ley de protección de los animales para que las corridas fueran prohibidas en la única plaza que quedaba operativa: La Monumental de Barcelona. Hace dos o tres años, un grupo de meritorios «excursionistas» recorrió Cataluña para recabar unos cientos de miles de firmas bendiciendo así una iniciativa popular, que llegó al Parlamento de Cataluña para que los diputados «no tuvieran más remedio» que votarla. Durante tres años, la plaza de Barcelona ha sido lugar de peregrinaje y de escenificación del concepto de libertad. Pero poco ha importado que voces claves de la Cataluña política o cultural se manifestaran en contra de la prohibición. Y como el TC no les ha reconocido que son una nación, ¡Qué mejor ejemplo y respuesta que prohibir los toros para no parecer España! Ahora ya podrán decir a los extranjeros que visiten Cataluña que ésta no es como España, donde se tortura a los animales. ¡Qué importan los gustos de los «catalanes» de adopción! El 29 de julio los promotores de esta aberración dirán: «Pero si son sólo mano de obra, pobres emigrantes. ¡Qué vayan a Ceret, Zaragoza o Castellón a ver toros!». Y exclamarán: «Ara si som una nació». Pero habrán destruido algo más importante que la identidad propia: la libertad.

Carlos ABELLA. Escritor