OPINIÓN: Excesos

La Razón
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Las autonomías se descontrolaron (ya veremos quién las vuelve al redil) cuando cada cual miró a su vecino y dijo que él también quería aeropuerto, universidad, delegación del gobierno… y Museo del Prado. A todo esto dice el «President More» que la culpa la tiene el «café para todos»; a lo que opongo que la culpa la tiene el «nosaltres també», que es lo que se impuso después del intento aquel de establecer dos velocidades para el desarrollo del autogobierno, inmediatamente contestado desde todos los ángulos de la más cateta perspectiva: lo tiene mi vecino, no habré de ser menos yo. La lógica del sistema conduce a multiplicar por 17 la actividad estatal en su conjunto, capricho que, de momento, nos ha puesto en riesgo de intervención internacional. Pero pasa con el poder como con el dar a un tonto un lápiz; el problema es quitárselo luego, y no crean que nuestros líderes autonómicos andan muy lejos no de la categoría de tontico de pueblo sino de la categoría mucho más neta del tonto de remate, de capirote, de pernil o de necio a perfil, que es imagen agudizada. Sólo a necios se le puede ocurrir lo que ahora, visto a toro pasado, permite plantearse cuántos sueldos no habríamos tenido que bajar si en vez de aeropuertos peatonales y autopistas a ninguna parte se hubieran gastado las perras públicas con tiento de buenos padres de familia. Sigan las autonomías si han de seguir pero limítese su capacidad de cometer los excesos que nos han conducido a donde estamos, y para ello nada mejor que contar con un Albert Boadella por provincia que nos ayude a sacudirnos el pelo de la dehesa y, en el nivel de subsecretarios y directores generales, gente que responda al perfil de Pep Guardiola. Y a ver qué pasa.