Prohibido enfadarse

La Razón
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Alejandro Casona obtuvo un gran éxito con su comedia «Prohibido suicidarse en primavera». No obstante, lo mejor se resumía en el título. Dio pie a una prolongación dramática, «Los árboles mueren en pie», obra perfectamente estructurada. He pensado en el acierto de Casona por culpa del calor. «Prohibido enfadarse en verano». El enfado encaja mejor en el invierno. Se pierden menos energías y el frío permite una vibración más alta en el mosqueo. En verano, y con esta calorina sahariana, el enfado sólo es aceptable a orillas del agua. De una piscina, de un lago o de la mar. Cabreo y chapuzón calmante. O en un ambiente con un aire acondicionado panameño o saudí. El calor aplasta, lleva a la agonía y promueve el crimen. Lo aborrezco. Y el peor de los calores es el inesperado. Sorprenderse en Sevilla en el mes de junio por el calor es propio de necios. Pero la sorpresa es perfectamente comprensible en el norte de Europa. En Viena, en Praga, en San Petersburgo, en Estocolmo y hasta en Reijkyawik, el firmante de este artículo ha padecido golpes de calor ineducados y traicioneros. En Praga, al salir del restaurante «U modré kachnisky», que significa «El pato azul» – qué forma de enrevesar las cosas–, fui atacado por una invasora formación de mosquitos gigantes sencillamente terroríficos. Con Jorge Berlanga, recién escapado, en Islandia, llegamos a sentir añoranza del fresquito de Écija, y en Viena, en el parque del palacio de Belvedere, casi me cae en la cabeza una ardilla muerta por los calores vieneses. Morían en el parque de María Luisa de Sevilla los gorriones, y de ahí el dicho «se quedó pajarito» cuando alguien dobla la servilleta. En Viena se dirá «se quedó ardillita», si mantenemos el mismo criterio de figuración. El calor impide la creación y la melancolía. Una mente acalorada es siempre una mente estúpida. Nada más reconfortante en el verano madrileño que ver la película del «Doctor Zhivago», o un reportaje con pingüinos y delfines. Los «indignados» con siete años y medio de retraso harían bien en calmarse un poco y recuperar su tardía indignación en el otoño avanzado, con las moradas hojas de los prunos en el suelo y las verdes de las acacias taponando los desagües. Una indignación colectiva en verano no es estética, y la estética es fundamental para que la ética no sude. La ética abrigada y con bufanda alcanza más altas cotas de ejemplaridad. Me considero un enamorado de Londres, pero Londres en verano tendría que estar prohibido, con la excepción de Wimbledon. No hay visión más aterradora en el mundo que la que ofrecen mil ingleses con ropa de verano. ¿Se figuran a Mozart paseando por Viena en mangas de camisa? Mozart componía en invierno, con los dedos comidos por los sabañones, con la plumilla temblándole entre los dientes mientras Salieri se despojaba de su abrigo de pieles ayudado por un criado del Palacio Imperial. El arte es invierno, frío y chimenea. Con calor se derriten las hojas de los libros y los trazos de los lienzos y los dibujos. ¡Qué diferente veranear a pasar el verano! Veranear no es otra cosa que huir del calor, y de ahí el éxito de nuestro norte, verde siempre bajó su bóveda de nubes y de soles no agobiantes, aunque sus días de viento sur agosteños se escapen a toda recomendación positiva. Y aquí me tienen, escribiendo del calor y sus perversidades. Algunos lectores no entenderán mi desahogo. Yo, particularmente, me doy por satisfecho. Me ha salido muy bien.