Los 50 años de «Dios»

Maradona cumple medio siglo de triunfos y problemas resumidos en un campeonato del mundo y tres sanciones por consumo de drogas

Maradona, como campeón del mundo en México, a su llegada a Barcelona, la mano de Dios y como seleccionador de la albiceleste en Suráfrica 2010
Maradona, como campeón del mundo en México, a su llegada a Barcelona, la mano de Dios y como seleccionador de la albiceleste en Suráfrica 2010

Madrid- «Hacía jueguitos con el balón en los descansos y a la gente le interesaba más que los partidos», recuerda José Pekerman. El ex seleccionador argentino jugaba en el primer equipo de Argentinos Juniors cuando Maradona asomaba en los «Cebollitas», aquel equipo de niños invencibles que se mantuvo 136 partidos sin perder. Argentinos lo había encontrado por la recomendación de un niño que se atrevió a decir: «En el barrio hay uno mejor que yo». «Hacía cosas que no se las había visto a nadie. Nunca vi nada igual», aseguraba Francisco Cornejo, su descubridor, el encargado de los infantiles del club.
Faltaba poco para que Maradona se estrenara con los titulares de Argentinos. Pekerman se marchó en el 74 y Maradona se estrenó en el 76, a punto de cumplir los 16. Debutó en un partido contra Talleres de Córdoba. Sin miedo. Con la primera pelota que tocó le hizo un caño a Juan Domingo Cabrera, un anómino jugador del club cordobés que entró en la historia con las piernas abiertas.
Quedaban dos años para su mayor decepción. En el 78, César Luis Menotti lo dejó fuera de la lista de campeones del mundo. Su único defecto era la edad. Era todavía tan joven que un año después ganó el Mundial juvenil en Japón. Maradona tenía 19 años, y tenía que esperar para comprender su divinidad. La culpa la tuvieron sus dos goles a Inglaterra en México 86. El primero, con la mano. El segundo, el mejor de la historia de los Mundiales. «Si fue con la mano, sería la mano de Dios», se disculpó Diego. Y dejó de ser el «Pelusa» para ser D10s.
Aquellos dos goles mostraron todo su universo futbolístico. El del genio incomparable y el del hombre que estaba dispuesto a cualquier cosa por ganar. En un partido entre el Nápoles y el Udinese de Zico, evitó un gol con la mano. «Si me dices que no ha sido mano, eres deshonesto», le dijo el brasileño, cargado de inocencia. «Diego Armando Maradona. Deshonesto», se presentó el argentino. Y le tendió la mano.
Nápoles le ayudó a confundir la realidad. Lo adoraron más que a San Gennaro. Convirtió un equipo de pueblo en el rey de Italia, el símbolo de que el sur comido por la miseria era capaz de derrotar al poderoso norte, a los equipos de Milán y Turín. Ganó dos Ligas, una Copa y una UEFA antes de que las drogas derrumbaran al mito. Sufrió tres sanciones. Una con el Nápoles, otra con la albiceleste en el Mundial 94. Y la última con Boca Juniors en 1997. La que le apartó de todo. Más dolorosa que la hepatitis y la lesión que le provocó Goicoechea cuando jugaba en el Barcelona.
Después de retirarse, vivió su época más oscura. Engordó varios cuerpos, se sometió a curas de desintoxicación y de adelgazamiento, se hizo amigo de Chávez y de Fidel Castro, presentó un programa de televisión y estuvo al borde de la muerte. Cuando resucitó, el fútbol volvió a convertirse en su vida. Heredó de Pekerman el banquillo de la albiceleste, pero fue incapaz de ganar el Mundial como hizo sobre el césped.
Hoy cumple 50 años, pero para el fútbol siempre será el niño que llegó a los Cebollitas. «No le tuve que enseñar nada», reconoció siempre Francisco Cornejo.