América

María Jesús y su acordeón: «Nunca he comido ni se me ocurriría comer pajaritos fritos»

Hablando de los vicios que se van perdiendo con la edad, María Jesús sonríe picarona y dice: «No he fumado, no he bebido, menos mal que me he casado...». A sus 56 años está convencida de que hacer el amor rejuvenece, «y dos veces al día, mejor que una». Se nota que tiene un marido casi nuevo, Javier, joven, cubano y bien dispuesto. No es la intérprete de «Los pajaritos» una mojigata al uso, una especie de Sor Alegría con acordeón, aunque su discurso rebose bondad y se llene de palabras dulces como ella, y de vez en cuando vaya a los hogares de los pensionistas a tocar gratis. Debajo del caramelo hay una superviviente de piel muy dura, una mujer tenaz que ha conocido penurias.

–Y sucede que este verano «Los pajaritos» cumplen 31 años...
–Sí, nacieron en 1981. Fui a un programa de televisión en Lieja y unos belgas me entregaron un par de partituras. Una de ellas era «Los pajaritos». Entre mi padre y yo le fuimos poniendo la letra que no tenía. La estrené en el hotel Benicactus de Benidorm y enseguida vi que iba a ser un éxito, aunque nunca supuse que lo fuera tanto.

–Le ofreció la canción a su casa de discos para que la grabara «Parchís»...
–Sí, pero estaban de vacaciones y me propusieron que la cantara yo. La canté y fue un gran éxito, me empezaron a llamar de todas partes.

–Y se hizo rica...
–No. Otras personas de mi entorno sí que se hicieron ricas. De los royalties vi muy poco. Mi padre y yo éramos demasiadas buenas personas para pelear. Mi padre creía que todo el mundo era bueno. Y se puede decir que de «Los pajaritos» no salí bien parada económicamente. No hay relación entre el éxito que fue y lo que yo gané.

Ella, optimista acérrima, cree que se quedó la mejor parte: el cariño del público, la popularidad, el sonido de las bodas, comuniones y bautizos de toda España, porque ¿quién no ha bailado «Los pajaritos» después de los tres cubatas de la fiesta de turno? Me recuerda que antes de ese hito ya era muy conocida: había grabado 38 elepés y había aparecido en «Salto a la fama», «Estudio Abierto»...Nunca ha comido ni comerá pajaritos fritos, «por favor, ni se me ocurriría». Es una gran amante de los animales: después grabó «Los patitos», «Los gatitos» y «Los conejitos». Y tiene cuatro perros en casa.

–No tuvo una infancia muy feliz, conoció el hambre...
–Mis padres eran emigrantes: salimos de Cáceres y vivimos en Madrid, en Valencia... Yo era la mayor de seis hermanos. Mi padre tocaba el acordeón de oído y yo empecé a tocarlo a los 8 años. Aprendí dos o tres piezas y me iba a las playas a tocar y luego pasaba el platillo, y así me pagaba las clases de música. He sido músico de calle, sí, y es un hermoso recuerdo.

–Aprendió mucho de la vida y pronto...
–Y la necesidad, la vida dura, me hizo más valiente. Ahora que tanto se habla de la crisis, a mí no me importaría nada volver a tocar en la calle y pasar el platillo. Eso no es mendigar. Es trabajar y recibir algo a cambio. No le tengo miedo a las dificultades.

No se aburre de tocar «Los pajaritos» cada noche: «Gracias a ellos no he dejado nunca de trabajar; me moriré siendo María Jesús la de "Los pajaritos"; está muy bien». Fue la estrella del Circo Mundial durante tres años: «Viví una gran experiencia, pero ellos ganaron mucho más que yo; pequé de ingenua, pude haber ganado mucho y no lo gané por confiada». Era cuando viajaba en avioneta para llegar a todas las galas, cuando actuó en América (todavía va) y la reclamaban las televisiones de todo el mundo.

–Y luego, otra vez a la cafetería Arenas de Benidorm, a pie de playa...
–Allí llevo tocando más de 40 años. Benidorm no es Benidorm sin María Jesús. Tocar cada noche es lo que más vida me da. Si no toco, no hay quien me aguante.

–El acordeón debe ser como una prolongación natural de su cuerpo...
–Sí, he estado más tiempo abrazada a él que a los hombres. También toco el piano, pero es más difícil de transportar. El acordeón es el piano del pobre.

Fue concejala de La Nucía por el PP una legislatura, «y de la política aprendí que no sirvo para ella, también a conocer mejor a las personas; vi que me alejaba del acordeón, y elegí el acordeón». Envejece bien. Del pasado le gusta recordar su niñez: «Casi no pude ir a la escuela, tenía que cuidar de mis hermanos, no podía jugar, pero era feliz». Echa de menos no haber sido madre. Del presente me habla ilusionada de Solar-Tec, la empresa alemana de la que es accionista, dedicada a fabricar casas que producen su propia energía y a la agricultura ecológica (va a crear miles de puestos de trabajo, apunta), y de su matrimonio: «Ya llevamos juntos cuatro años y somos muy felices». Y no comen perdices, claro.