OPINIÓN: Un retorno al orden

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La etimología del término «crisis» alude a una transformación acontecida en el curso de las cosas. Aunque no se especifica el sentido de este cambio, es lógico pensar que, ante el fracaso de los modelos vigentes, éste debe adquirir la forma de una evolución, de un suministro de paradigmas hasta cierto punto revolucionarios que permitan la renovación de las experiencias conocidas. A tenor de lo que nos demuestra la actualidad, este supuesto no deja de ser el producto de una ilusión ingenua y bienintencionada que se estrella de bruces con la realidad a poco que se aplique un mínimo de análisis. Sin entrar en otros campos, el del arte vuelve a singularizarse por contribuir a engrosar la lista de traiciones al requerimiento de compromiso con los tiempos. Si se observa su devenir en los últimos meses, y si se realiza una proyección del que será su comportamiento en 2011, nos encontramos con que la idea predominante es la de un «retorno al orden». La peor consecuencia que puede tener una crisis es la imposición de un discurso del miedo; y este regreso a lo conocido, a fórmulas manidas y obsoletas que durante años han funcionado como «canon» estético y discursivo del arte, no deja de constituir la peor de las noticias. El hecho de que la directora artística de la edición de 2011 de la Bienal de Venecia, Bice Curiger, haya elegido como referente para su proyecto ILLUMInations la obra de Tintoretto constituye un dato esclarecedor. En un momento en que el agotamiento de las fórmulas explotadas por el arte en los últimos tiempos exige una reinvención de sus procedimientos, vence el espíritu conservador y se juega a intentar no perder más que a ganar. Que la economía falle cíclicamente es hasta cierto punto comprensible, pero que desaparezcan las ideas en términos tan absolutos como se evidencia en el momento presente es más preocupante y no invita sino hacia el pesimismo.