Bienvenida a la realidad

Elena Anaya protagoniza la última película de Pedro Almodóvar, «La piel que habito»
Elena Anaya protagoniza la última película de Pedro Almodóvar, «La piel que habito»

Pongámonos en la piel que ella habita. Imagínense que están de vacaciones de verdad: esas en las que no tienen cabida ni las discusiones ni las largas esperas por comer en el chiringuito más próximo, ni siquiera en las que hay que porfiar por buscar tu metro cuadrado de arena en la playa de lo atestada que está. Un descanso feliz y tranquilo en una cala menorquina donde no hay que entrar a codazos. Y usted, como yo, hace lo que le place, pongamos –por empatía, insisto– que bañarse desnudo y mostrarse cariñoso con quien le acompaña en esta escapada. Días o semanas después llega al quiosco y abre los ojos como platos a verse en una revista como su madre la parió y besando a su acompañante, que casualmente es una chica como usted, por arte y (mala) gracia de un paparazzi que estaba escondido detrás de unos matojos. Si usted o yo fuésemos unos famosos que van de revista en revista del corazón o de plató en plató contando sus miserias, lo máximo que podríamos hacer es enfadarnos por no haber cobrado la exclusiva. Si, por el contrario, usted o yo fuésemos una actriz que sólo sale en la prensa para hablar de su trabajo, estaríamos subiéndonos por las paredes. Bueno, a mí directamente sólo con pensar que me ve mi madre desnuda en una revista y besándome a saber con quién ante esta soltería pertinaz, me da un chungo. Pues bien, eso es exactamente lo que le ha ocurrido a Elena Anaya, una excelente actriz, que desde hace unos días es más conocida por sus vacaciones en Menorca y por ser lesbiana –algo de lo que ella nunca ha hablado porque no le da la gana, ¿qué pasa, que ahora todos nos vamos a tener que poner un cartelito que nos defina sexualmente?– que por las más de veinte pelícuen las que ha trabajado. Lo que han hecho con ella es una felonía. Han violentado su intimidad sin su permiso y no me vale como coartada que estuviese en un sitio público y que es una personalidad pública. Pero eso no quiere decir que su vida privada sea publicable. No hay derecho, porque nunca se ha expuesto voluntariamente a hablar de su corazón y demás casquería. Lo grave es que asistimos a estos episodios con normalidad cuando es una anomalía. Pero el mundo funciona así, por ahora. Elena, bienvenida al mundo real, un mundo real que nos incomoda a muchos; a un mundo real donde las miradas tienen intención, que no es otra que saciar el morbo; un mundo real en la que parece que, o así lo demanda la sociedad, tenemos que mostrarnos desnudos por fuera y por dentro y donde la intimidad se ha metamorfoseado en «intimidar». Por lo que está dando de qué hablar en las redes sociales, ha sido el «robado» del verano. Ya no hay vuelta de hoja, aunque es mejor traspapelar este asunto como si nunca hubiese ocurrido.