Relato de una improvisación

Días antes de su muerte, Gabriel Cardona, como especialista en la historia militar, concluyó un estudio sobre los preparativos del 23-F. 

Militares españoles sobre un tanque, una de las imágenes incluidas en el libro
Militares españoles sobre un tanque, una de las imágenes incluidas en el libro

Aquella tarde de 1981, Tejero ya no tenía el talle y la cara de crío del teniente de veintitantos años que había salido de la Academia. No obstante, conservaba las mismas ideas pétreas, convencido de que sus acciones constituían un servicio a España y al ejército. Dos entidades permanentes e independientes de la política, que era un turbio asunto de los partidos y su caterva de ministros, gobernadores, alcaldes, diputados y concejales. Gentes despreciables, especialistas en enredos y chanchullos, despreocupados del servicio a España. En aquel momento los tenía encañonados. Los disparos habían roto varios cristales de la cúpula del hemiciclo, cuyos fragmentos hirieron en la nariz a Fernando Sagaseta, diputado de Unión del Pueblo Canario. Un guardia le dijo que no tenía importancia, otro le ofreció un pañuelo para limpiarse la sangre y finalmente lo curó un diputado que era médico. Al cabo de un buen rato, ante la falta de novedades, los guardias civiles permitieron que los diputados se levantaran y ocuparan de nuevo sus escaños manteniendo las manos visibles.


Costumbres de pobre
Uno de los guardias preguntó dónde se sentaban los representantes vascos. Pasaba el tiempo y los guardias, en medio de aquel lujoso hemiciclo, con sus humildes anoraks de reglamento, vigilando a personas bien vestidas que, en su mayoría, eran más ricas, instruidas y afortunadas que ellos, pobres con cara y costumbres de pobre, mal pagados, asalariados del Estado, esclavos del implacable reglamento y de la disciplina que obedecían como siempre, sin preguntar ni plantearse cuestiones, comenzaban a comprender que Tejero no los había llevado a una misión ordinaria, sino a un golpe de Estado y empezaron a actuar según la personalidad de cada uno. Unos dieron salida a los instintos autoritarios y franquistas, felices con la situación; otros cumplieron pasivamente las órdenes y otros pensaron que estaban metidos en un lío en el que podían perder la libertad y el pan de sus hijos.
Juan María Bandrés se sentaba delante de Blas Piñar, el líder de Fuerza Nueva, a quien preguntó qué ocurría. El otro dijo que lo ignoraba y debía de ser cierto porque tampoco los guardias tuvieron relación con él, aunque lo reconocieron y le trataron de forma cortés. Era diputado por la Unión Nacional, una coalición que agrupaba todas las formaciones de la extrema derecha: Fuerza Nueva, Falange Española y las JONS, Círculos Doctrinales José Antonio, Comunión Tradicionalista, Asociación de jóvenes Tradicionalistas y Confederación Nacional de Excombatientes. En las elecciones de 1979 había conseguido 378.964 votos y un solo diputado. Sin duda, que el líder de la extrema derecha no supiera nada debía significar que los golpistas actuaban por su cuenta y con escasas conexiones civiles. Los dirigentes ultraderechistas conocían y esperaban el «golpe de los coroneles», de más amplia base y todavía en preparación. La inesperada acción de Tejero les sorprendió. Los militantes acudieron a sus locales, donde quedaron sorprendidos ante la falta de órdenes; algunos se dirigieron por su cuenta hasta las inmediaciones del Congreso para animar a los asaltantes, que no les hicieron ningún caso. Parecía que Tejero esperaba un nuevo acontecimiento. Ordenó al capitán Muñecas que subiera a la tribuna para hablar a los prisioneros y tranquilizarlos.

–Buenas tardes, no ha ocurrido nada –dijo el capitán–, pero vamos a esperar un momento a que venga la autoridad militar competente para disponer lo que tenga que ser y lo que él mismo diga a todos nosotros. Esperen tranquilos, no sé si esto será cosa de un cuarto de hora, veinte minutos, media hora, me imagino que no más tiempo y la autoridad competente, militar por supuesto, es la que determinará lo que se debe hacer.

Sus palabras, «autoridad competente, militar por supuesto», sólo podían definir a un general, y «un cuarto de hora, veinte minutos, media hora, me imagino que no más tiempo», indicaban que ese militar se encontraba en Madrid, porque Milans del Bosch no podía llegar desde Valencia en tan corto plazo. Posteriormente, se hablaría del «elefante blanco» que debía presentarse en el Congreso. Si no fue una invención de los comentaristas, debía de ser un general que se encontraba en la capital. Pudiera ser Armada, aunque, si pensaba estar en la Zarzuela desde las seis, disponía sólo de unas tres horas para asegurar la situación allí y llegar poco después al Congreso; tiempo demasiado ajustado para las previsiones horarias de Muñecas. La identidad del proboscidio golpista continúa en el misterio. Las elucubraciones de Pardo Zancada sobre los elefantes blancos del Siam son aportaciones de su imaginación hechas a posteriori. Entre la propaganda y la historia existe un claro territorio fronterizo que la manipulación política intenta confundir frecuentemente. Años después, el general Gutiérrez Mellado declaró al periodista José Luis Martín Prieto que el «elefante blanco» era De Santiago, según el mote de la gente de El Alcázar, porque era alto, voluminoso y tenía el pelo blanco. Fue ministro en el primer gobierno de la monarquía y en el primero de Suárez, dimitió para protestar contra la legalización de los partidos y sindicatos de izquierda y era el teniente general más antiguo.

Conocía el plan de Tejero y el 23 de febrero se encontraba en su domicilio con el capitán de navío Camilo Menéndez, escuchando por la radio la votación de investidura, esperando acudir al Congreso para prestar autoridad a Tejero. El golpe debía ser incruento y, al sonar los disparos, se sorprendió, se desanimó y no acudió. Luego rectificó, pero la situación había variado y no llegó a entrar en el palacio de las Cortes, vagabundeó toda la noche por algunos bares cercanos «por si era necesario». «¿De qué color era el elefante blanco De Santiago?», llegó a escribir Martín Prieto en el texto.
 

FICHA
Título del libro: 
«Las torres del honor».
Autor: Gabriel Cardona
Edita: Destino
Sinopsis:  Una mirada desde el interior del ejército en uno de los momentos clave de la historia española reciente. Gabriel Cardona cuenta cómo se vivió desde las salas de las banderas aquellos decisivos momentos en los que España tembló y recobró viejos fantasmas del pasado. Una reflexión sobre el ejército proveniente de un militar. El relato es, en el fondo, el testimonio de uno de los miembros de la clandestina Unión Militar Democrática. Un testimonio enmarcados en los cuarteles del ejército español. El volumen también es una reflexión sobre la transición del ejército hacia la democracia. Una institución que debía hacer pervivir el franquismo más allá de la muerte de Franco.