La mujer que perdonó a Mel Gibson

Jodie Foster apostó por su controvertido amigo, vetado en Hollywood, y le dio el papel protagonista de «El castor», que ayer presentó en Cannes

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Jodie Foster estaba más nerviosa que de costumbre. Quizá porque tenía que defender a solas una película tan bizarra como «El castor», quizá porque sabía que iba a tener que lavar la mala imagen de su amigo Mel Gibson ante la prensa europea en Cannes. Gibson decidió hacer mutis por el foro hasta la noche de gala y no compareció en la rueda de Prensa. Sería un punto a su favor que hubiera aparecido con el castor de peluche a través del que habla durante buena parte del metraje. Tal vez así podría haber convertido su presencia en el festival en un «freak show» que nos hiciera olvidar episodios de su vida reciente tan tristes como que está acusado de violencia doméstica y de insultos racistas. Nuestro gozo en un pozo: se paseó por la alfombra roja haciendo manitas con Foster.

Walter Blank está casado, tiene dos hijos, es vicepresidente de una fábrica de juguetes y no puede levantarse de la cama. Su depresión le ha apartado de los suyos. Después de un intento fracasado de suicidio, un castor de peluche que ha encontrado en la basura se transforma en su alter ego, su vínculo con el mundo. Blank es el epicentro de esta premisa imposible que Mel Gibson, desde una inaudita y espartana contención, hace propia. Si hay un hallazgo en «El castor», es comprobar cómo Gibson trabaja su personaje mirándose en el espejo de sus excesos, convirtiendo su interpretación en un pedazo de su autobiografía que le gustaría olvidar.


Exponerse de par en par
A la pregunta de si la película redimirá la imagen pública de Mel Gibson, Jodie Foster dudó: «No tengo ni idea». Y añadió: «Sólo puedo decir que interpretar a Walter le ha permitido explorar en lo más profundo de sí mismo. Mel es un hombre muy reservado, y en la película se ha expuesto por completo. Como Walter, está acostumbrado a luchar, sabe lo que es no estar contento consigo mismo y querer cambiar. En cierto modo, ha sido como una terapia catártica, y supongo que espera que el público vea en ella otra faceta de su persona». Lo cierto es que los escándalos en los que Gibson se ha visto implicado en los últimos meses, y que lo han transformado en el enemigo público número uno de la industria de Hollywood, han retrasado el estreno de «El castor» algo más de un año. ¿Quién habría querido ver la película de una estrella trasnochada, alcohólica y violenta? Foster defendió su elección con contundencia: «Mel siempre fue el primero de mi lista».

El problema no es Mel Gibson, lo mejor de la película, sino Jodie Foster, cuya puesta en escena no está a la altura de la extravagancia de su premisa. En un momento de «El castor», el narrador señala que, en la familia Black, «lo insólito se había vuelto normal». Preocupada por hacer verosímil y plausible la actitud de su deprimido antihéroe, Jodie Foster se olvida de respetar lo demente de su mirada. Su dirección, plana y sin matices, no nos ayuda a ver a través de sus ojos, sino a asistir a la disolución de una familia que un día fue feliz.

«Los actores amamos la psicología y las raíces de la psicología están plantadas en la familia», decía ayer Foster. Sus dos anteriores películas, «El pequeño Tate» y «A casa por vacaciones», retrataban la familia como origen de nuestras carencias. «Todas mis películas hablan sobre crisis espirituales. Y, en cierta manera, hacer cine es un modo de enfrentarme cara a cara con mis propias crisis», admitió Foster.


Soltarse el pelo
Y continuó con su explicación: «Todos tenemos nuestros métodos de supervivencia y echamos mano de ellos para salir adelante. En mi caso es hacer cine, algo que me ayuda a organizar mis emociones. Me cuesta bastante quejarme, me cuesta admitir que algo me ha molestado y me ha herido, y el proceso que supone hacer una película me permite reflexionar sobre todo ello y acerca de lo que significa», explicó. La sinceridad de Foster al hablar ante la prensa no se refleja en «El castor», una película de emociones superficiales que no sabe profundizar en la compleja relación entre un padre apático y un hijo que se ve condenado a ser una mera copia de quien más odia, que apenas saca partido de lo enfermizo de las situaciones que plantea (como la secuencia de sexo entre Gibson, Foster y el castor) y que, en fin, nunca acaba de soltarse el pelo.


El detalle
EL ICONO BELMONDO

La última vez que Jean-Paul Belmondo estuvo en Cannes fue en 1974 con «Stavisky», de Resnais. La película tuvo peor acogida de lo que se merecía, y no le quedó buen recuerdo. Era el momento en que la carrera de Belmondo se encontraba en un cruce de caminos: de marca registrada de la Nouvelle Vague estaba a punto de convertirse en héroe de acción para todos los públicos. En el homenaje que Cannes le rindió ayer se proyectó «Belmondo, itineráire…», retrato biográfico que documenta la tumultuosa trayectoria del icono del cine francés. Uno de los realizadores, Jeff Domenech es un cazador de autógrafos que conoció a Belmondo a través de uno de sus directores más fieles, Georges Lautner.