El lied de luto

Obituario: Dietrich Fisher-Dieskau, barítono (68)

La Razón
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El lied quedó huérfano el día de 1992 en que Dietrich Fisher-Dieskau abandonó los escenarios. Lo hizo sin pompa alguna, apenas un par de recitales en Berlín y Londres y un último «Falstaff» en Múnich. Hoy, además de huérfano, se envuelve en luto. El más impresionante artista de lied de la historia ha fallecido en su casa de Starnberg, a pocos kilómetros de Múnich, a los 86 años.

Nació en Berlín en 1925 y sus primeros pasos canoros los tuvo que realizar compitiendo con el ruido de las bombas. Se cuenta que su primer recital en su ciudad natal fue interrumpido por un bombardeo de los ingleses. Llamado a filas, fue prisionero de los americanos durante dos años, en los que aprendió e insufló ánimos a sus compatriotas cantando «La bella molinera». En 1948 se incorporó al ensemble de la Ópera de Berlín, empezando también una prolongada carrera operística. Es inolvidable en casi todo lo que hizo, desde Mandrika de la «Arabella» de Strauss al Wolfram de «Tannhauser» con el que Wieland Wagner le hizo debutar en Bayreuth, pasando por Mozart, Berg, Pfitzner o el «Doktor Faust» de Busoni. Menos acertado estuvo en el repertorio italiano, aunque sus lecturas nunca dejaron de tener un especial interés, ya fuera «Macbeth» o «Rigoletto». En 1962, en plena Guerra Fría, participó en el estreno del «War Requiem» de Britten junto al tenor inglés Peter Pears y la soprano rusa Galina Vishnévskaya en una ceremonia de reconciliación.

Es imposible reflejar en estas breves líneas los inmensos campos que abarcó, con grabaciones de referencia de la «Pasión según San Mateo» de Bach, el «Requiem alemán» de Brahms, «Las bienaventuranzas» de Frank, etc. Nadie ha grabado tantos discos de lied como él, con ciclos completos de casi todos los compositores. En la historia quedarán perennes sus Mahler, Loewe, Schuman… pero sobre todo sus Schubert, siempre con los mejores acompañantes de su tiempo.

Su voz era varonil, peculiar, muy personal, inconfundible. La extensión amplia se veía potenciada por el increíble juego de «sfumature», con una extraordinaria capacidad de matización que, en ocasiones, casi le hacía rozar la afectación.

Se dedicó también a la enseñanza, teniendo a Quasthoff y Goerne entre sus alumnos destacados y escribió varios libros de profundo contenido musical.

Se casó cuatro veces: con la chelista Irmgard Poppen, que le dio un hijo también chelista, otro escenógrafo y un tercero director de orquesta; con la actriz Ruth Leuwerick; con Christina Pujel-Schule y con la también cantante Julia Varady, quien cuidó de él en los últimos años y estaba a su lado en el momento del óbito.

Barcelona pudo escucharle en el Liceo muy poco antes de su retirada en la primera parte de un concierto dirigido por su hijo Martin, pero no hubo forma de traerle a Madrid y quien firma lo intentó varias veces tras una anécdota que retrata al artista. Estaba yo en butaca central de primera fila en la Sala Pleyel parisina escuchándole cantar «El castillo de Barba Azul» junto a Varady. Fui a saludarle al final para agradecerle lo mucho que me había hecho disfrutar con su interpretación. Él respondió: «Las gracias se las he de dar yo a usted, pues notar en el patio de butacas el placer que denotaba su rostro es lo que me ha hecho dar lo mejor de mí mismo».