El Príncipe y los cocineros por Jesús Fonseca

La Razón
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Fue hace apenas unos días. Le escuchaban cocineros venidos de todos los rincones de España. El Príncipe de Asturias los recibió con uno de esos calurosos mensajes de ánimo, de empuje y de confianza que él lanza en cuanta ocasión tiene. Les habló con palabras de carne y animó a saber agarrar los cuchillos –refiriéndose a las dificultades, claro– por el mango; no por donde cortan. Los puso a la altura de lo mejor de ellos, algo en lo que es diestro. En otras cosas es zurdo, Don Felipe: «Imposible que con este empeño que ponéis, con esta entrega, no salgáis adelante». Con valores como los vuestros, «conocidos o no» –les dijo el Príncipe– y «con la garantía de formar parte de una gran nación, estoy seguro de que todos, serenamente, con confianza e ilusión, saldremos de este laberinto». ¡Qué bueno que alguien diga estas cosas! Y las diga así, «serenamente, con confianza e ilusión». Porque existe otra ilusionante realidad, cierto, más allá de la que muestra el reportaje diario de la devastación y escenifica en el plató de la cada vez más obscena trifulca partidista.

Y esa otra realidad, abarrotada de españolas y españoles heroicos y valiosos que no aparecen en los papeles, necesita de una hoja de ruta más allá de la verdad diseñada. Nuestros mandamases deberían cuidar hasta la extenuación que lo que dicen no contribuya a que estemos aún más hartos, hastiados, pesimistas, desencantadados y desesperanzados de lo que ya andamos.

No se puede armar todos los días la de San Quintín. En qué cabeza cabe. Ahora más que nunca, en medio de tantos sobresaltos y penalidades, agriedad e incertidumbre, hay que saber motivar; hay que dar holgura. Reconocer, compartir y agradecer; animar, apoyar e impulsar. Tomar altura, como hace el Príncipe de Asturias. Saber cumplir. Convertir en atrayente todo lo nuestro, que es mucho. ¡Muchísimo! Esta es la cuestión.