Historia

Francia

La Europa federal por Ángela Vallvey

La Razón
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Rajoy ha visitado en Alemania a la señora Merkel, y le han recibido con mayores honores que al representante de un Regierungsbezirk. Yupi.

Pienso en qué rápido, y qué lentamente, transcurre la historia. La «Superfrau» habla ahora de ampliar las competencias de la UE. O sea, de convertirnos a todos –excepto a los ingleses, que nunca se han dejado mangonear– en una suerte de sub «länder» germanos. El discurso no es nuevo. Era habitual después de la II Guerra Mundial, aunque por entonces Alemania no estaba en condiciones de dictar las reglas, obviamente. En pocas décadas, Alemania se puso las pilas. Ha aprovechado para reunificarse y pesar más que ningún otro país (Francia, la única posible rival, está casi fuera de combate). Tras la II Gran Guerra, se decía que el lenguaje de las ideologías estaba más o menos unido a una determinada situación que consagra la preponderancia de una nación sobre las otras, pero que el mundo ya no podía continuar dividido en «Estados enemigos» y se encontraba maduro para un «imperio mundial» o universal. Scelle o James Burnham escribieron sobre ello. El suizo Denis de Rougemont sostuvo que la época de la naciones había concluido y era el momento de una Europa federal, supranacional; que la única alternativa al totalitarismo –que había devastado Europa– era el federalismo, la renuncia de los Estados «no a la soberanía misma de su nación, sino a su carácter absoluto» (1947). Desde la II Guerra Mundial hasta la fecha, las naciones han coqueteado con la unidad europea, pero sin ceder un ápice de soberanía, guardando celosamente su libertad, y «presentando» en la UE cuentas que nadie discutía, ni siquiera cuando se puso en marcha la disparatada unión monetaria del euro. Hemos querido ubres y sopas. Nos merecemos a la «Superfrau».