Tamborileros por Julián Redondo

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Las autoridades chinas vencieron muchas voluntades y derribaron innumerables barreras para organizar los mejores Juegos Olímpicos de la Historia en 2008. Hicieron llover sobre Pekín, abrieron la mano en internet, pusieron sordina, o anestesia, a las reclamaciones sobre derechos humanos y empezaron a deslumbrar al mundo aquel inolvidable 8 de agosto a las 8 de la tarde. Tenían dinero, miles de millones de euros por cada tienda de alimentación de la calle Leganitos, sin exagerar. Disponían de un caudal inagotable de gente, unos 1.300 millones, y un poder de convicción que sólo los regímenes totalitarios aplican sin rubor. Les dio calabazas Steven Spielberg y con un director de la casa, Zhang Yimou, montaron una inigualable y asombrosa ceremonia inaugural a la que sólo le sobró el egoísmo de la perfección: la niña cantante doblada por una gordita invisible –salvando las distancias, Debbie Reynolds y Jean Hagen en «Cantando bajo la lluvia»– y las imágenes superpuestas de unos fuegos artificiales grabados. Nadie rechistaba, ni rechista, en China. Si Yimou necesitaba 1.500 tamborileros, los seleccionaba entre 25.000 aspirantes durante un lustro. Inglaterra es otro cantar. A Danny Boyle, el oscarizado director de «Slumdog millionaire», no le bastan sus éxitos cinematógraficos para convencer a los responsables del comité organizador de que el viernes hay que levantar el telón de noche para que el espectáculo resulte más atractivo. Londres ha invertido 11.600 millones de fondos públicos en los Juegos, sin necesidad de comprar la lluvia que no para de caer, y los demócratas no se ponen de acuerdo a la hora de empezar. Ni tanto ni tan calvo.