Juegos Olímpicos

Una plata muy emotiva

Chema Martínez, subcampeón de maratón, lloró tras superar la meta

Chema Martínez plata en maratón y Rothlin regresa para ganar
Chema Martínez plata en maratón y Rothlin regresa para ganar

«Soy feliz», decía Chema Martínez con lágrimas en los ojos. Como si no acabara de correr 42 kilómetros y 195 metros infernales, una tortura por el calor y la humedad, un infierno que al final mereció la pena. Chema llegó segundo, es subcampeón de Europa de maratón, y no pudo contener las lágrimas. «Es mi medalla más emotiva, nunca había llorado al entrar en meta», reconoció. Pero ver a su mujer, a su entrenador y a muchos amigos fue demasiado. Y suficiente para olvidar el esfuerzo extremo al que se había sometido. Le quedaron energías para dar las gracias al público, de palabra y chocándole las manos, y para brincar. Es el extra que dan las medallas. A los que llegan detrás, como al bravo Rafa Iglesias, sexto clasificado, las fuerzas le llevaron únicamente hasta la línea que marcaba el final. La traspasó y se negó a dar un paso más. «Muerto», se tiro al suelo y tuvo que ser atendido. Quinto entró Pablo Villalobos para completar una actuación memorable del equipo español, que se llevó la competición por equipos.

Ocho años después de su oro en 10.000 en Múnich y cuatro después de la plata en la misma distancia, el segundo puesto de ayer le sabe aún mejor: «Tengo 39 y sigo ahí, y con ganas». Y con la intención de continuar, porque disfruta dentro de lo posible. Porque es difícil divertirse en un maratón como el de ayer. «Había que ir adelante desde el principio», analizó. No había estrategias. El ritmo lo marcaba el calor, y la lucha era contra uno mismo. Y el suizo Rothlin fue el mejor. Un ejemplo de superación tras pasar una enfermedad que lo tuvo seis meses sin ser atleta. Salió a todos los ataques iniciales de los rusos y dio el suyo, definitivo, en el kilómetro 27.

Chema se quedó con el francés Theuri, que se hundió poco después, y el italiano Pertile, que tampoco aguantó demasiado. El madrileño emprendió en solitario doce kilómetros agónicos y al mismo tiempo maravillosos.