Europa

El juego de aguantar la mirada

Son 80 obras maestras que salen por primera vez en bloque del Pompidou para recalar en Madrid. Retratos de los más grandes artistas con firma propia: Picasso, Matisse, Music, Van Dongen, Zuloaga

«Kizette en el balcón» (1927), de Tamara de Lempicka
«Kizette en el balcón» (1927), de Tamara de Lempicka

Tú me miras y yo te pinto. No vale moverse. El artista y la modelo, frente a frente; el resultado es un puñado de obras maestras que han viajado desde el Centro Pompidou de París hasta la Fundación Mapfre en la calle Recoletos, en plena milla de oro cultura de Madrid. Son ochenta miradas y, en ocasiones, se antoja que no hay ojos suficientes para cada una de ellas. La exposición, una de las grandes de la temporada, sin duda, reúne lienzos de los grandes maestros del siglo XX y se adentra también en autores de este siglo. «Cada vez que veo, que miro, quedo maravillado porque no puedo creer en la realidad –¿cómo calificarla?– materia, absoluta. Todo es apariencia y sólo apariencia, ¿no?...», se pregunta desde una pared Giacometti, de quien se exhibe un rostro que lleva impreso su santo y seña, tan lánguido, tan frágil, tan escultural.

No es la primera vez que esta institución vuelve los ojos hacia el reatrato. Pablo Jiménez Burillo, director general de la Fundación Mapfre, lo explicaba ayer en la presentación porque, dice, «siempre ha sido centro de nuestros intereses». Asegura también que es especialmente importante en el mundo moderno precisamente «porque es el género más antimoderno porque la igualdad que se preconiza en esa modernidad, la hace saltar por los aires el retrato. El Pompidou es el centro contemporáneo más importante de Europa. En sus salas se concentra el gran patrimonio de la historia del siglo XX», señaló. Y definió el paseo por las salas como «deslumbrante». Es, no pecamos de exgerados, el adjetivo que lo califica.

Tres pescados en al cabeza
La exposición, comisariada por Jean-Michel Bouhours, se divide en cinco grandes áreas temáticas. En «Los misterios del alma», los retratos de Modigliani, exquisita su mujer, y Derain nos contemplan con fuerza. Mientras «El botones», de Soutine, vestido de rojo chillón, se acomoda en un soporte que no vemos. No mira de frente, pero engancha. Avigdor Arikha retrata a una «Marie-Catherine» salvaje, casi fotográfica en 1982 en la que destaca su maraña de pelo. Dice Christian Briend en el catálogo que su factura y encuadre nos remite a lienzos de Durero y Hans Holbein el Joven. Zuloaga regala una joya llamada «Lucienne Brèval» (1909), en la que el maestro se embelesa en el rostro de esta heroína wagneriana. La luz la pone «La marroquí», de John Currin, un lienzo de 2001 con un interesante punto de fuga: la mujer, con tres pescados que coronan su cabeza, sonríe abiertamente mientras mira hacia la izquierda. Sus ojos son transparentes, su edad, intemporal. ¿Es una mujer, verdad?

El capítulo de «Autorretratos» concentra uno de Matisse escrutador, pintado en el invierno de 1899-1900, y una de las joyas de este recorrido. Podríamos echarle unos cincuenta, pero el pintor no rebasa los 30. Los colores estallan, mientras que se contienen en Vlaminck y nos divierten en el de Van Dongen disfrazado como Neptuno (1922), divertido y serio al tiempo. Un capricho poder ver a Foujita con su gato. «De cara al formalismo» simplifica la figura humana y da protagonismo al trazo. Los cubistas, las máscaras que esconden el verdadero yo, que son rostro y no rostro al mismo tiempo. Picasso, con su mujer descompuesta, las fomas sinuosas que pinta Léger donde la línea y el círculo tiene su hueco, esculturas de Julio González, Max Ernst y Miró y una apoteosis de la belleza que firma Delaunay en la segunda década de los años veinte del siglo pasado. La señora Heim no tiene ojos, pero se los descubrimos. Luce en su hombro un chal de Sonia Delaunay, va peinada a la moda y posee clase.

Lo opuesto a los cánones de la belleza se agrupa en el apartado «Caos y desorden o la imposible permaencia del ser». La deconstrucción, la descomposición, la quiebra, como el «autorretrato» de Severini, descompuesto en mil planos que, sin embargo, nos permiten ver que lleva gafas, fuma un pitillo, luce corbata granate y va tocado con un sombrero.

Madre no hay más que una
De Chirico se retrata con su madre, pero mientras su perfil se difumina, el de su progenitora acapara la miradas, con un gesto de poder. Él se desvanece y ella manda. René Magritte sorprende con una representación de la realidad. Mientras «Georgette con boliche» podría no llevar su firma (óleo y lápiz sobre lienzo de 1926), aunque inmediatamente nos hace partícipes de su juego onírico con el marco y el boliche que da nombre a la obra. «La violación» ya nos acerca al creador de «Esto no es una pipa». Pintado en 1945, al poco de acabar la Segunda Guerra Mundial, el artista regresa a lo que él denomina su «estilo de antaño», que ya avanzaba en «El surrealismo a pleno sol», un manifiesto que ve la luz en 1946 y que enfurece a Breton. Erró, con su visión de Stranvinsky (1974), se sitúa en el polo opuesto.
Picasso ya lo dijo: «La fotografía vino a tiempo para liberar a la pintura de toda literatura, de la anécdota e incluso del tema». ¿Qué se esconde «Tras la fotografía»? El quinto apartado habla de inmediatez de un arte-milagro que nace a mediados del siglo XIX, «toma prestados sus códigos y, en ocasiones, se los apropia (encuadres, contraluces, ausencia de fondos), al tiempo que la fotografía ocupa el terreno de aquella», asegura el comisario de la muestra. Marquet lo demuestra en «Desnudo en el diván» y Derain, en su plasmación de «Iturrino» con su leve contrapicado. Tamara de Lempicka da alas a una silente Kizette, adolescente de finas maneras, vestida en gris perla, sentada en un taburete blanco y que deja ver el fondo. En forma de rombo, la cara de Picasso según Valentine Hugo, que lo representa con la esfera zodiacal. Balthus crea los rostros de «Roger y su hijo», dos personajes sin pedigrí, el padre mira, el niño se despista, se agarra, temeroso, a su pelota y no suelta el llavero de su progenitor. Y hay mucho más, miradas y pares de ojos que son imposibles de sostener.

DÓNDE: Fundación Mapfre. Madrid. CUÁNDO: Hasta el 6 de enero. CUÁNTO: gratis. www.exposicionesmapfrearte.com/retratos