El ocaso del Imperio Pantoja

LA RAZÓN comprueba el estado de abandono en el que se encuentran las propiedades de la tonadillera en Marbella, icono de su relación con el ex alcalde y epicentro del caso Malaya

Para Isabel Pantoja el siglo XXI empezó lleno de luces. Nada podía hacerle pensar que once años después iba a estar sentada en el banquillo de los acusados por blanqueo de capitales y enfrentándose a una pena de tres años y a medio de cárcel y una multa de más de tres millones de euros. En 2001, la tonadillera tenía una relación con Diego Gómez, quizá el último hombre que la quiso de verdad. En julio de ese mismo año, la artista comenzó su andadura hostelera inaugurando el restaurante Cantora en la localidad malagueña de Fuengirola. Junto a la pareja se encontraban un joven Kiko Rivera y su hermana Chabelita, de la que estuvo pendiente Diego Gómez. Fuegos artificiales y amigos como Jose Manuel Parada, Charo Reina o Nieves Herrero no faltaron a la cita y pudieron disfrutar de la receta estrella del local: el pollo a la Pantoja. La artista declaraba ilusionada que aquello «era un sueño hecho realidad» y que ella misma se había encargado de supervisar las obras y de elegir la decoración. Pero el sueño se fue convirtiendo en pesadilla. Los problemas económicos hicieron que el restaurante se fuera a pique en 2005 ya que para que siguiera funcionando la cantante tenía que poner de su bolsillo 60.000 euros al mes. «Lo mejor es cerrarlo o que pongan otra cosa», se lamentaba. Lo que menos se podía imaginar es que aquel local iba a convertirse en un restaurante de comida asiática, concretamente, el Wok Buffet Libre, donde por 13,90 euros se puede comer todo lo que se quiera. El español pollo a la Pantoja fue sustituido por el sushi y los tallarines fritos, un duro golpe para ella, sobre todo teniendo en cuenta que el nuevo negocio funciona de maravilla. Tienen bastante clientela y trabajan unas 13 personas. Su director, Zheng Guo Guang, afirma que todavía de vez en cuando llega alguien preguntándole por el famoso plato de Isabel Pantoja: «Vamos a tener que hacer algo parecido», bromea. Zheng explica que cuando alquilaron el local sólo cambiaron la decoración «ya que era demasiado lujosa, con el suelo de madera y eso en un restaurante no es rentable porque se estropea fácilmente». Varios clientes aseguraron a LA RAZÓN que Cantora era un «sitio carillo» y que sólo iba la gente de fuera «porque lo habían visto en la tele».

Del lujo al abandono
La tonadillera dejó a un lado sus sueños como hostelera y se centró en su nuevo amor, Julián Muñoz. La cantante compró el chalé «Mi gitana» en la Urbanización La Pera, en Marbella. Una casa de 650 metros cuadrados cerca de la playa y de campos de golf. Allí vivió su romance con el entonces alcalde marbellí, aunque de nuevo, las alegrías se convirtieron en disgustos. En mayo de 2007 Isabel Pantoja fue detenida en «Mi gitana» acusada de haber pagado el inmueble con dinero de procedencia ilícita dentro del marco de la «operación Malaya». Meses más tarde, después de pasar dos años y medio en la cárcel, Julián Muñoz regresó a lo que había sido su refugio de amor con la artista, algo que ella no estaba dispuesta a consentir.

El 31 de marzo de 2009 sus abogados enviaron un burofax para que él abandonara la casa, pero se atrincheró allí hasta noviembre. El aspecto actual del chalé es desolador. Abandonado, comido por las malas hierbas y con los barrotes de las ventanas oxidados. Incluso el telefonillo está medio arrancado. Los vecinos dicen que no se les ha vuelto a ver por allí y que tampoco daban mucho que hablar cuando vivían en La Pera: «Aquí cada uno lleva la vida que quiere, no nos metemos en lo que hacen los demás». Algunos comentan que «se sospecha que la casa está embargada».

Otro de los lugares que también frecuentaban era el apartamento 107 del Hotel Guadalpín –presuntamente pagado con dinero negro–, también en Marbella. Fuentes conocedoras de la situación del edificio informaron a LA RAZÓN de que «desde hace un año el hotel está parado, funciona como un inmueble de pisos normales» y que el apartamento de la Pantoja «ahora pertenece a otro propietario, pero que no vive allí» y del que no pueden dar el nombre.
A día de hoy no hay servicio de habitaciones, ni cafetería, ni nada. Lo que sí existe es un estricto control para acceder: a no ser que el dueño de uno de los apartamentos haya dado su autorización es imposible pasar; eso, o que se haya alquilado alguno de ellos, cuyos precios oscilan entre los 70 y 150 euros la noche. La situación en Guadalpín también es tensa. Al eliminar todos los servicios del hotel, decenas de empleados fueron despedidos «debiéndoles mucho dinero», aseguran. Hace unos meses organizaron una manifestación y la semana pasada «alguien» tiró una piedra desde un coche y rompió el cristal de la entrada. Y los ciudadanos se quejan: «Estamos hartos de que se hable mal de Marbella por culpa de esos chorizos».