El arte del gatillazo

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Arenzana cuenta la historia de un ratero que acusado por el juez de ser un carterista de poca monta, puso su currículum por encima de la condena y recriminó al magistrado: «No sé como se atreve a decirme eso a mí. He sido uno de los mejores en el oficio y no un vulgar carterista de poca monta». Antes sumar unos años de más a la sombra que reconocer la consagración de la existencia a ser una rata de la mediocridad. Zapatero es también uno de los mejores gobernantes equivocándose e insiste con donaire en el error. La secuencia de actuación, repetida en la última tragicomedia de Salgado y los ayuntamientos, es decidir, equivocarse y regodearse en la suerte de la rectificación. Es improbable que la Historia reconozca al maestro de tal suerte, tal que si Cellini hubiera alcanzado la nombradía por destruir sus esculturas, pero es la estela que marca ZP: el gatillazo como norma y otra vez la mueca de la sinceridad que ha de valorar el pueblo siempre ingrato. La ministra de Economía todavía no ha descubierto que su vida es un show de Truman con secretarios de Estados haciendo de figurantes y trata de contribuir a las demandas del presidente añadiendo errores de su propia cosecha que luego son rechazados por falta de calidad. La posteridad es un absoluto: si Ed Wood es reconocido como el peor director de la Historia del Cine, ¿no sería honorable convertirse en el peor de los presidentes?