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Aquella seda de Del Pozo

Cómo han pasado los años…desde aquella primera vez que supe de él y de sus colecciones de hombre, pues Jesús del Pozo como marca se dio a conocer haciendo moda de hombre, bueno, digo lo de hombre, pero de aquella manera… pues, la verdad, las cosas que me gustaban no tenían un sello demasiado masculino, sobre todo recuerdo una camisa rosa chicle que sólo me podía gustar a mí y a dos más en todo el país, pero fue el gancho para interesarme por su labor y admirar (no siempre) parte de su obra, que nada tiene que ver con su persona.

En ese Madrid de los 80 nuestras vidas y profesiones tenían cierto paralelismo, unas veces vinculadas por el entorno, la diversión, los amigos, las y los clientes, y otras no tanto por los mismos motivos.

Todavía recuerdo el Ras en la calle Barbieri de Madrid como local de encuentro –lo de llamar bar de copas al lugar me parece un despropósito–, pero rabiosamente moderno en los materiales utilizados y en la distribución del espacio y en la música, aunque muchos fuéramos la primera vez por tratarse de un lugar hecho por Jesús del Pozo, donde él también aparecía más de una de aquellas interminables noches; sin embargo, nunca fue de prodigarse demasiado en nuestra ruta de garitos, todo lo contrario que Fabio McNamara, Bernardo Bonezzi, Pedro Almodóvar, Tino Casal, Carlos Berlanga y un listado interminable de personas con nombres y apellidos, y muchos vicios y virtudes en común.

A diferencia de otros diseñadores, fue muy metódico, incluso es de agradecer que su fuerte carácter le ayudara en sus fines y metas. Reservado en su oficio y en su vida personal, taciturno cuando quería algo y no salía, quiso reinar sin ser príncipe y quizá lo consiguió en bastantes ocasiones, su oficio lo conocía al detalle. Yo recuerdo tomarle una manía tremenda a las sedas por la cantidad que utilizaba en sus colecciones; cuando veíamos los muestrarios surgía el comentario: «Esta seda la veo un poco Del Pozo».

En más de una ocasión nos encontrábamos paseando por la Puerta del Sol y en aquellos años, cuando quería conseguir un determinado color para un tejido, realizaba las mezclas de tintes él mismo. Mejor no os cuento cómo llevaba las manos, las uñas y demás; sin embargo, ésa ha sido su diferencia y la de sus prendas, gusten o no…Tenían mucho de él.

Pocos y poco sabemos de sus gustos más personales o íntimos, ya que siempre los preservó, nada que ver con otros, como Manuel Piña o yo mismo, que nunca tuvimos recato a la hora de expresar nuestros estados anímicos. Quizá si sabemos algo más de la cuenta es gracias a su entorno cercano. Dándole vueltas a la memoria no consigo recordar si alguna vez abrió su casa para alguna fiesta, cosa rara en aquella época.

Dentro de su discreción le gustaba el poder, cultivar las relaciones, la fidelidad con la gente y jamás se vió un mal gesto de él públicamente, aunque no por ello le faltaron carácter y personalidad. Supo dialogar y caminar políticamente como creativo, le otorgó prestigio a la profesión, supo hacer empresa de un taller, impregnar de aromas su mundo, hacer feliz a sus mujeres y supongo que algún que otro hombre cuando las vestía tan delicadamente. Fue onírico en su publicidad y tan rápido para irse como la flecha que acompaña su logo y su eterno pañuelo al cuello.

Como nos diría Mina: «Espérame en el cielo, corazón».

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