Afganistán

EL EXPERTO: La herencia de la histeria

La herencia del 11 de septiembre no se puede calibrar con exactitud, ni siquiera a estas alturas de la década. Pero su peor cara tal vez sea la que refleja nuestro discurso nacional. Porque si nos asomamos al futuro, más que al presente, es posible rastrear los orígenes de la discusión política actual –el odio, el miedo, la rabia y el resentimiento– firmemente asentados en el solar de la Zona Cero.

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¿Concibió algo así Osama Ben Laden cuando planeó los atentados? Probablemente no. Se imaginaría que íbamos a tomar represalias, y que esto nos iba a costar vidas y recursos. Pero no habría podido saber que, con el tiempo, acabaríamos por perder nuestra noción común de quiénes somos. Ésta ha sido la gran sorpresa del 11-S: la prolongación espontánea e ininterrumpida de la autodestrucción estadounidense.

Hace diez años se desató algo que merece nuestro escrutinio. No fue solamente el mal, aunque los atentados lo fueran ciertamente. El acontecimiento fue tan catastrófico y horroroso que provocó una especie de trauma emocional en la estructura norteamericana. En pocas palabras, dañó nuestra alma colectiva y parece haber liberado una histeria a todos los niveles que contagia nuestras relaciones desde entonces.

No importa el número de oraciones que se recen; no importa el numero de manos que se tiendan ni las promesas que se hagan; no importa el número de bombas lanzadas ni el número de ataúdes tapizados. Una nación no puede cicatrizar sus heridas sin ser consciente de lo que padece. En este extremo nos hemos quedado cortos. Parecemos no querer reconocer que no es que tengamos un problema; nosotros somos el problema.

Dicho sin tapujos, el 11-S nos hizo perder la cabeza temporalmente. Estar a favor o en contra de la guerra, primero en Afganistán y más tarde en Irak, nos dividió como hacen los conflictos bélicos, pero esta vez fue distinto. Acabaron amistades, se rompieron matrimonios, la gente cruzaba de acera... Diez años más tarde, seguimos estando en guerra. Añadan la crisis económica mundial, el paro estancado, la posterior pérdida de la confianza en nuestras instituciones y tendrán todos los ingrediente del episodio de pánico moral.

Y ahora, lamentablemente, se nos viene encima otra campaña electoral con todos los espumarajos que nos encanta soltar. El presidente Obama entiende que el país sufre un problema psicológico, pero ningún presidente en sus cabales se puede permitir decir en público cosas así. Si Jimmy Carter fue tumbado por su discurso de la «crisis de confianza», alias «malestar», imagínense que Obama, que ya acusa una imagen de condescendencia elitista, menciona que al país le iría bien un poco de terapia.

Obama intentó unir a la nación con su retórica neutral, pero cuando llegó el momento de actuar no aprovechó su oportunidad. El discurso del empleo llega dos años y medio tarde, y la reforma sanitaria fue una catástrofe de coordinación.

Estos tropiezos, sin embargo, no justifican la histeria del «¡Miente!» de la oposición. Los excesos emotivos y la falta de autocontrol en la esfera de la opinión pública no son más que manifestaciones de nuestra desintegración. Al mismo tiempo que escuchábamos el discurso del empleo, se nos recordaba el origen de esta disfunción ambiental a medida que los tuiteos de una nueva amenaza terrorista cruzaban las pantallas de los ordenadores.

Aunque todos rezamos para que esta alarma fuera el resultado de la histeria, la noticia podría haber sido irónicamente providencial: nos recuerda que somos un pueblo con un enemigo común.