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El gran vividor

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A mí, Paco Marsó a veces me llamaba para ofrecerme colaborar en fantásticos proyectos que no sé por qué nunca se acababan de llevar a cabo. Eso equivalía a unas citas en las que acabábamos pegándonos unas monumentales percebadas, a las que se unían gente como Alonso Millán y otros noctámbulos de la farándula. Después me llevaba a conocer locales rutilantes de vida alegre, donde era recibido poco menos que como un maharajá. Quiero decir que me lo pasaba tan bien porque en ese extraño funambulismo sentimental sin red que constituía el matrimonio Marsó-Velasco, yo siempre fui un Velasquista acérrimo, teniendo en un altar como tengo a Concha como actriz y persona, con su mirada de potente aparato eléctrico y esa sonrisa que activa corazones.

El problema es que era imposible no dejarse arrastrar por Paco, su magnetismo, su simpatía y su personalidad arrolladora. Y yo creo que algo parecido le ocurría a Concha. En 20 años no sé cuantas veces la vi con lágrimas en los ojos diciendo que no aguantaba más y se separaba, pero luego siempre seguían juntos. Y es qué Marsó enamoraba, con un visceral poder de seducción, y se le perdonaban su dispersión, sus tropelías, caprichos, dispendios, juergas y locuras. Se entregó en cuerpo y alma a la producción de las obras de su mujer, a pesar de que su naturaleza manirrota fuera fuente de conflicto interior. En realidad era un hiperactivo que no podía estarse quieto, un tipo difícil de encerrar en casa, un vitalista dispuesto a apurar hasta la última gota de la copa de las emociones. Ahí estuvo su gloria y su desgracia, en la delgada línea que separa una mano ganadora de una mala baza.

 No está mal hablar de las virtudes de quien fue vilipendiado en vida. También hay malas famas que dignifican. Tal vez si su matrimonio no hubiera sido tan borrascoso, con toda España del lado de Velasco, su popularidad habría sido más grata. Me consta que sus últimos tiempos no fueron muy felices, con el corazón herido de existir. A Marsó le llorarán la noche y sus azares, las turbulentas sombras de las mujeres sin nombre, el espejismo hipnótico de los tapetes, un cortejo de camareros y maîtres, los caprichos de la pintura y el amor al arte, la música de las copas y los caminos al raso, los relojes parados y las sensaciones que llenan los bolsillos. Le echarán de menos las charlas de amanecida, las amistades juradas en nebulosas, la ciudad secreta que se va esfumando. Y, por supuesto, todos sus seres queridos. En cualquier caso, siempre resulta triste notificar la muerte de un gran vividor.