La Supercopa

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En Sevilla, 10 de la noche, los termómetros marcaban 32 grados. En el Sánchez Pizjuán se sentaron cincuenta mil espectadores, más de tres cuartos de entrada, rozando el lleno. El primer título de la temporada, o el último de la anterior, ha despertado mucho interés. Con certeza, más del que se le reconoce. El Barca escogió el sacrificio de los mundialistas en beneficio de su flamante cantera. Guardiola fue el responsable de la decisión. Una noche antes, los mundialistas del Real Madrid jugaban a tope el homenaje a Franz Beckenbauer. Había quejas porque los de «La Roja» habían sido forzados por la Federación a un viaje a América para hacer caja. Los del Real Madrid habían estado en Los Ángeles, que también es América, y los culés en China. Todos regresaron juntos, mismo día, misma hora. Sin diferencias. Las críticas a la RFEF, nunca al club. Faltaría.


Cada uno es libre de opinar, aunque diga bobadas contrastadas. La fecha FIFA tiene sentido para preparar la competición de septiembre y la Supercopa, a dos partidos, permite competir y que los clubes recauden. Hay quien quiere convertirla en fracaso cuando es un éxito; pretenden jugarla a partido único en terreno neutral, para que no vaya nadie; y ahí si aceptarían que, para ganar dinero, nos fuéramos a jugarla a Nueva York. Contradicción pura, incoherencia o mala fe. Quizá, las tres juntas.


Si nos dan el Mundial 2018, que traería trabajo, construcción, riqueza y aumento del PIB, ¿dirán que es culpa de Villar y que será malo para España? No les van a creer. Por machacar mil veces una mentira, la calle los ha cazado, descubiertos en un odio personal irrefrenable.