La fumata blanca de Nanni Moretti

Prometía polémica, pero la nueva película del director italiano es un retrato de la desazón metafísica del hombre actual y no un ataque anticlerical por más que el protagonista sea un Papa recién nombrado con ansiedad. 

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«Habemus Moretti». Así celebraba el diario de izquierdas «Liberazione» el retorno a la arena de la polémica del cineasta italiano con una película que ha recaudado más de cuatro millones de euros en su país de origen, que llega a Cannes con honores pontificios y aplausos admirados y que es menos irreverente de lo que se esperaba. Ni falta que le hace, porque sus objetivos son otros, esto es: mostrar la crisis de ansiedad metafísica del hombre contemporáneo ante el ejercicio del poder. No es extraño, pues, que el Vaticano –con la excepción del periodista Salvatore Izzo, que instó a boicotear un filme que, según su opinión, se tomaba la libertad de frivolizar la figura del vicario de Cristo– no haya encontrado «ni ironía ni caricatura» en «Habemus Papam». «El Vaticano nunca intervino en ninguna de las fases del proyecto», remarcó ayer Nanni Moretti. «Ni puso obstáculos ni lo apoyó», confirmaba.

Humor sutil
El punto de partida es simple: cuando es elegido Papa, el cardenal en cuestión (memorable Michel Piccoli) sufre un ataque de pánico. Incapaz de enfrentarse a la multitud que le jalea delante de la basílica de San Pedro, se paraliza. Ni siquiera la visita de un psicoanalista (el propio Moretti, que celebra su primera sesión sin privacidad y con un montón de prohibiciones, evita que el Papa se escape por las calles de Roma. Es una premisa brillante, matizada por un humor sutil, que contrapone con inteligencia el mundo herméticamente cerrado en el que se ven obligados a convivir los cardenales y el terapeuta –el personaje de Moretti, el más caprichoso y desdibujado del filme, juega a las cartas y organiza un campeonato de voleibol con los prelados–, y el mundo libre que el Papa disfruta antes de tomar una decisión.

Las preguntas que provoca esa huida en el nuevo Papa hacen de la película «Habemus Papam» el perfecto complemento del tercer largo de Moretti, «La misa ha terminado». En ambas, la religión es un marco, un escenario casi teatral, pero ninguna de las dos critica abiertamente al catolicismo y a la institución que lo sustenta. «Cuando la gente me advierte de que "Habemus Papam"no habla de la fe religiosa no puedo estar más de acuerdo con ellos», explica Nanni More-tti. «Soy ateo. Pero nada más lejos de mi intención que hacer una película que denunciara al Vaticano o ridiculizara a los creyentes. No quería criticar a la Iglesia», afirma el cineasta.

En el extremo opuesto de su beligerante filme «Il Caimano», su sátira sobre Silvio Berlusconi, «Habemus Papam» sabe contener sus desavenencias con la Iglesia. A Nanni Moretti le importa desarrollar la odisea existencial de su héroe situándolo en un tiempo de espera en el que proyectar su ilusión de cambio. De ahí que el teatro de Chéjov ocupe una clara función metafórica en la película: en cierto modo, el Papa de Michel Piccoli es, como los personajes de «La gaviota»: un hombre que sueña con encontrar en el movimiento, en el vagabundeo, su manera de transformar el mundo, para escapar del tiempo muerto en que se ha convertido su vida. Todo el filme es un elogio de la digresión como motor del relato, haciendo que la deriva que emprende Piccoli funcione a la vez como toma de conciencia y asunción de la responsabilidad moral que otorga el poder.

Lejos de Fellini
El director italiano se toma la libertad de hablar de la Biblia como un libro sobre la depresión, deja entrever las debilidades humanas de los cardenales (desde el que no soporta perder en el juego hasta el que insiste para salir de su encierro por un capuccino) y se deleita en la obsesión por el secretismo del Vaticano sin que nada resulte en exceso hostil. Estamos muy lejos del desfile de cardenales de la película «Roma» de Federico Fellini o las bromas anticlericales de «La vía láctea» de Luis Buñuel: Nanni Moretti ha preferido la fumata blanca a la negra como el carbón.

Todo es blanco y negro en la producción francesa «Polisse». Se trata de una película que busca un equilibrio entre extremos sin encontrarlo nunca. Entre la histeria y la solemnidad, entre la vida privada y la profesional, entre la denuncia y la empatía. La directora, Mai- wenn, se reserva un significativo papel en el filme de fotógrafa para definir el punto de vista exterior, objetivo e hiperrealista que el filme pretende mantener sobre el trabajo de los miembros de la Unidad de Protección de Menores del barrio parisino de Belleville.

Sin embargo, esa objetividad de la directora, que quiere exprimir todas las dimensiones de una misma realidad traumática –la realidad de los padres que abusan de sus hijos, pero también de los hijos que mienten para culpar arbitrariamente a sus padres; la realidad de los inmigrantes y las clases bajas, pero también de los ricos con conexiones en las altas esferas–, es un constructo, un artificio más falso que un duro sevillano.

Imagínense un «Canción triste de Hill Street» filmado con los métodos de «La clase» de Laurent Cantet. La definición puede llamar a engaño: Maiwenn, que parece sufrir del síndrome de déficit de atención, es incapaz de concentrarse más de unos pocos minutos en cada caso, a no ser que el morbo sensacionalista esté asegurado. No nos ahorra los gritos de un niño que es abandonado por su madre, como tampoco evita que la cámara se detenga unos segundos en el plano de un feto muerto. Y, sin embargo, no sabe desarrollar personajes y situaciones, intenta integrar momentos de comedia o de armonía colectiva que resultan completamente ridículos, y no hace creíble la entregada dedicación de sus héroes cotidianos.
En versión «extended»

La realizadora francesa cree haberlos humanizado retratándolos como una familia disfuncional, feliz de haberse conocido, con sus pequeñas o insalvables diferencias, con sus manchas en el expediente (alcoholismo, anorexia) y sus peleas en versión «extended», pero el resultado final, sin embargo, da un poco de vergüenza ajena: es como un episodio de la serie «Policías» dirigido por el hermano torpe de Maurice Pialat.

Al Fayed, contra la monarquía en un filme sobre Lady Di
Las teorías conspiratorias atraen a la prensa como la miel a las abejas. Y ahí estábamos, haciendo cola en un pase del Mercado de Cannes, para ver «Unlawful Killing», un documental de Keith Allen que intenta aportar pruebas de que la muerte de Lady Di no fue un accidente. No podía ser de otra manera, teniendo en cuenta que está financiado en parte por Mohamed Al Fayed, dueño de los grandes almacenes Harrods y padre de Dodi, el que podría haberse convertido en segundo marido de Diana Spencer.

En 1995, Lady Di le escribió una carta a su mayordomo anunciando que su marido, el príncipe Carlos, estaba preparando un accidente de coche para quitársela de encima. Era un personaje incómodo para una monarquía que Allen pinta como una secta satánica, amiga de los nazis, xenófoba y clasista. Allen acumula simulacros de pruebas, entrevista a «expertos» (entre los que se encuentran la cuñada de Tony Blair y Tony Curtis (?), y se dedica a desmenuzar el accidente y el posterior proceso judicial. ¿Por qué la ambulancia tardó tanto en llegar al puente parisino? ¿Por qué tardó tanto en llevar a Lady Di al hospital? ¿Por qué nadie investigó al Fiat Uno que supuestamente causó el choque? ¿Por qué se insistió tanto en que el chófer estaba borracho cuando sólo llevaba dos camparis entre pecho y espalda? Multipliquen los «por qués» indignados y se quedarán cortos.

A ratos parece que el documental sea un publirreportaje sobre la fortuna de Al Fayed. Con la torpeza y tosquedad que le caracteriza, Keith Allen filma las mansiones y castillos del magnate árabe para terminar diciéndonos que éste prefiere consumir sus días en una tienda de lona que ha instalado al lado de la tumba de su hijo Dodi. Es allí donde acaba quemando los símbolos de la realeza que decoraban la fachada del Harrods londinense. Lo más prudente hubiera sido tirar a esta singular pira funeraria el metraje de este infecto documental.

El detalle. Glamour pese a todo
En la cita más francesa, es cosa de galos poner el «glamour». La directora de «Polisse», Maïwenn (en la imagen, sus zapatos rosa), la primera de las cuatro que aspira a la Palma de Oro, posaba con el reparto femenino en el que destacan Karin Viard, Marina Foïs, Nicols Divauchelle y Riccardo Scamarcio. Hicieron gala de estilo al presentar una cinta que tiene cualquier cosa menos una temática amable: la de los abusos sexuales a menores. Con una fórmula muy parecida a la que dio la victoria a «La clase» hace tres años, y con un estilo de falso documental algo tramposo, «Polisse» plantea las impotencias de la Unidad de Protección de Menores de la Policía, un cuerpo que debe asumir y casi normalizar este tipo de tragedias en su día a día y que ha sido criticado en Francia por su actitud fría.