Historia

Libros para dar ejemplo (I)

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Un periodista, asombrado por la cantidad de libros que ocupaban la casa boloñesa de Umberto Eco, le preguntó si los había leído todos. «Claro que no –contestó el profesor de Semiótica– , hay libros que hay que leer y otros que hay que tener». Salvo que alguien sea un lector tan incansable como Marcelino Menéndez Pelayo, Jorge Luis Borges o alguien de parecida bulimia bibliófaga, nadie leerá la Enciclopedia Británica de la cruz a la raya; de la misma forma que siempre habrá quien tenga su jardín literario secreto y su autor incognito. Con todo parece fuera de disputa que, en cualquier canon del universo literario, deberían figurar «La Ilíada», «La Odisea, William Shakespeare, «El Quijote» o Franz Kafka, por ejemplo. Hay otros autores y otros libros que, sin la ambición de convertirse en clásicos, o al menos en perdurables, tienen la virtud de la oportunidad, hacen visibles la forma y el significado de la época, parecen encarnar los tiempos en que viven, iluminan las encrucijadas y se convierten en útiles brújulas para salir de la niebla y conducirnos a uno de esos claros del bosque en donde vemos la salida del laberinto. Cada época y cada lector tienen los suyos: en el último tramo (1944) de la Segunda Guerra Mundial se publicó «Camino de servidumbre», de F.A. v. Hayek; un año después vio la luz de la edición la novela alegórica «Rebelión en la granja», de George Orwell, quien aún daría a la imprenta en 1949, poco antes de morir, su novela más celebrada, «1984»; tres textos en los que se ofrecen interpretaciones lúcidas de su tiempo y hasta anticipaciones del futuro –algunas ya cumplidas– que proyectaron luz sobre la lógica del Estado autoritario y el verdadero rostro del totalitarismo como un sistema de dominación, en donde el sueño de la revolución se convertía en pesadilla, encubierta –eso sí– en una hipócrita apariencia de idealismo y de redentora utopía; Karl Raimund Popper en «La sociedad abierta y sus enemigos» (1945) tuvo ocasión de hacer otro tanto al alertarnos de los riesgos que acechan los nunca seguros baluartes de las democracias; Tony Judt, el historiador británico fallecido el pasado mes de agosto, en «Sobre el olvidado siglo XX» nos ilustró acerca del triunfo del mito frente a la comprensión, y en su apasionado testamento político «Algo va mal» contrasta la figura del intelectual honesto con su opuesto el intelectual deshonesto, moralmente irresponsable, que actúa como agente al servicio de una causa, que asume una posición de partida, en la que incorpora la solución redentora, que para defenderla frente a todo tipo de evidencias y argumentos procede a lecturas selectivas o maquilladoras que exageran los datos favorables a su «parti pris», ocultando o despreciando aquellos que los contradicen.

«Ejemplaridad pública»
Pero no hace falta ser un coloso para alumbrar un libro imprescindible. El ensayista y director de la fundación Juan March, Javier Gomá Lanzón, en su penúltima obra un ensayo virtuoso desde el mismo título, «Ejemplaridad pública» (2009), reivindica algunos valores clásicos que siguen siendo perentorios si entendemos que no todo es economía en la vida pública; y aunque lo fuera, porque la prosperidad, como bien documentó Adam Smith, tiene sus manaderos en los valores morales.

Lo que sostiene Javier Gomá es que, aunque la responsabilidad del ejemplo para los demás concierne a todos los hombres, pues humanos somos y nada de lo humano nos es ajeno, pesa especialmente en las personas públicas. Gomá propone una ejemplaridad igualitaria y secularizada como atributo de la democracia – a todas luces un acquis occidentale– y subraya la especial ejemplaridad individual que es exigible a funcionarios y políticos. Como emanación genuina de la igualdad, la vulgaridad no le repugna al filósofo y reclama un respeto para ella; ahora bien, la vulgaridad es un punto de partida, no de llegada, porque en su catalítica puede convertirse en una forma incívica de usar la libertad, incluso en pura y simple brutalidad. Gomá propone progresar de la vulgaridad a la ejemplaridad, se trata de una hazaña especialmente necesaria en espacios e instituciones que deben ser celosamente preservados de la vulgaridad como, por ejemplo, el Parlamento o la universidad. Si en esta sociedad con hambre de futuro asistimos a una desafección hacia los políticos es porque se los percibe infectados de vulgaridad y ajenos a la excelencia –la «areté»– que desde los griegos se reclama a los representantes públicos.