Charles M Duke / Astronauta: «Me gustaría ver a mis nietos en la Luna»

Duke posa con la réplica de la cápsula que les trajo de nuevo a la Tierra, una pieza de la exposición «Nasa. La aventura del espacio»
Duke posa con la réplica de la cápsula que les trajo de nuevo a la Tierra, una pieza de la exposición «Nasa. La aventura del espacio»

MADRID- Todos los caminos siderales conducen a Charlie Duke. Siguió desde Houston la misión del Apolo XI que situó por primera vez a un hombre en la Luna; como suplente del Apolo XIII contagió el sarampión a uno de los astronautas titulares, Ken Mattingly, librándole así de un vuelo tan accidentado como histórico; y, por fin, en abril de 1972, a bordo del Saturn V de la misión Apolo XVI, engrosó ese selecto club de doce personas que han pisado el satélite. Es más, con 36 años –«sólo me llevo cuatro meses con Harrison H. Schmitt, del Apolo XVII», dice–, es el hombre más joven que ha caminado sobre la Luna. Duke, de 76 años, se encuentra en Madrid para inaugurar la exposición «NASA: la aventura del espacio», que se celebra en la Casa de Campo.

–Cuando Armstrong pisó la Luna, a muchos se les vino abajo el halo romántico que siempre ha rodeado al satélite. ¿Cómo la recuerda?
–Es un lugar precioso, el desierto más impresionante que puedas imaginar. Sin vida, con un terreno muy dramático, muy duro, repleto de rocas, montañas... Es un lugar único y excitante.

–Tanto que, nada más llegar a casa, quería regresar...
–Aterrizamos en el Pacífico y tardamos un día y medio en regresar a Houston. Al llegar, estaba tan entusiasmado que le dije a mi mujer que estaba listo para regresar mañana mismo. No le gustó.

–Que le provocó más tensión: ¿seguir la misión del Apolo XI desde Houston o caminar sobre la Luna?
–Estresa más la misión de control. Sigues el viaje a 400.000 kilómetros de distancia. Miras por una pantalla, tratando de visualizar lo que ocurre. Y el estrés de aquella misión fue muy alto. Queríamos triunfar y sufrimos un montón de problemas informáticos, de comunicación... Mi primer pensamiento fue: «¡Oh, no! Abortamos la misión». Pero continuamos.

–¿Cuál fue el momento más emocionante del Apolo XVI?
–El aterrizaje. A quince metros de la superficie empezamos a ver los cráteres. Es un desafío encontrar el punto de aterrizaje. Compruebas los sistemas, miras a tu lado, te aseguras que aterrizas en un cráter y no en una roca... En la superficie, la sensación más parecida es como si hicieras submarinismo. Ni subes ni bajas. La Luna tiene seis veces menos de gravedad que la Tierra. Nuestros equipos pesaban 70 kilos en Tierra y en la Luna sólo 12. Era muy fácil moverse. ¡Me sentí realmente fuerte!

–Viajar al espacio, ¿supuso una experiencia espiritual?
–En aquel momento, no. Seis años después sí me acerqué más a Cristo. Mirando hacia atrás, el orden que rige el Universo, sus leyes físicas, la belleza de la Luna... sí que percibes la gloria de Dios.

–¿Veremos de nuevo a un ser humano en nuestro satélite?
–No pronto. Quizá en quince años. Los chinos trabajan duro al respecto. Tienen en marcha programas.

–¿Le gustaría ver a alguno de sus nietos caminando sobre la Luna?
–No sé si alguno va a ser piloto. A uno de ellos le gustaría, pero aún está en el instituto. Pero sí me gustaría. Para ellos sería un reto.

 

«Era como conducir sobre hielo»
En sólo seis años –«eso hoy no ocurriría»–, Duke (en la imagen) piloto e ingeniero, pasó de entrar en el programa espacial a volar a la Luna. En el satélite instalaron un laboratorio científico, recogieron 98 kilos de rocas y, lo más divertido: condujo un Lunar Rover. «Alcanzaba los 17 km/h. Se movía como un pez. Era como conducir sobre hielo», recuerda.