Cómo va el teatro

Comenzaré por una observación importante. Relevantes intelectuales, poetas, escritores, científicos, altos profesionales, banqueros y adinerada burguesía, en estos momentos, van poquísimo al teatro o no van jamás. Sólo y muy ocasionalmente a la ópera. A mediados del siglo XX, más de una mitad de los aforos lo llenaba, en París, esta clase de público. Estrenaban Camus y Sartre, Ionesco y Beckett
El teatro –y la forma de hacerlo– reflejaba el movimiento social, de la política, del pensamiento, de las artes y aun de la moda. Aquel público, que llamaríamos de «alta gama», asistía con una gran disposición crítica y valorativa a las «performances» de los grandes actores de culto, Jouvet, Arletty, Michel Simon y tantos más. Ni la televisión ni el cine ni los deportes y otros pasatiempos restaban espectadores al teatro.
Hasta los años sesenta, no me establecí en Madrid. Pero también en Madrid sucedía lo mismo. Ese público de alta gama no faltaba al teatro y «creaban opinión». Esta opinión orientaba a un público más profano, que se quería enterar de «por dónde iban los tiros» en arte y en política. Yo pude muy bien comprobar que ese público terminaba emitiendo el juicio artístico, político y literario más acertado: que el régimen dificultaba notablemente la expresión artística libre, la dinámica cultural. Y por ello mismo, se defendían y aplaudían con calor todos los arriesgados intentos de poner en escena a los autores exiliados y censurados. Se puede asegurar que, en España, pese a todas las constricciones, el pensamiento y el arte saltaron por encima de ellas y, en plena dictadura, se revelaron nuevos y jóvenes dramaturgos de gran mérito. Y esta orientación la marcó ese público selecto, que entonces y siempre jugó este papel en el desarrollo de las artes. Se daba el caso de que Tamayo, que hacía un teatro como para representar en El Pardo, aprovechaba este favor para estrenar –como Dios le daba a entender– obras importantes y de mensaje muy abierto que, igualmente, celebraba aquel público, pero sin equivocarse un ápice en la valoración artística de dicho director: entusiasmo, buena voluntad, populismo y mal gusto. Lo contrario que en los casos de José Luis Alonso o Adolfo Marsillach, que eran refinados intelectuales. Pero se daba el caso –bien importante, tanto en París como en Madrid– de producirse un sinnúmero de espectáculos de «arte menor», a los que, por una razón u otra, asistía ese mismo público que, desde los cafés, las tertulias privadas y los periódicos «creaba opinión».
Pues bien, todo eso ha cambiado drásticamente. Ese mismo público que antes marcaba su influencia en la evolución de la escena ya no va al teatro, ni aunque lo inviten con aires de súplica. Me lo ha dicho a la cara un joven académico, de gran éxito como escritor. –«A mí no me interesa el teatro». Otros no lo dicen valientemente, pero lo sienten y «lo practican». ¿Qué ha sucedido, cómo puede ser esto? No son las ratas las que abandonan este barco, sino los pasajeros de primera clase. Hay que estudiar sociológicamente este fenómeno, como se estudia el cambio climático y los fallos del capitalismo. ¿Qué fuentes de información, de relaciones sociales, de oferta lúdica y cultural, retira y aísla a este público de la gran masa popular? Tratemos de buscar en nosotros mismos.
Pero no seré yo quien aborde semejante trabajo. Aunque es de todo punto evidente que el teatro y el público, los directores de escena y una buena parte de la crítica marcan una desorientación curiosa. Ese público recibe todo un aluvión de espectáculos –mejor o peor resueltos– sin sugerir o manifestar ni una sola demanda orientativa, fuera del «musical» y los espectáculos más convencionales. Tiene diversos gustos, pero revela una inquietante pasividad. El público actual se ha vuelto bastante primitivo, pide que le hagan reír y llorar de manera mucho más elemental que el público de hace cincuenta años. El anuncio de «una época oscura» se hace patente sobre la escena, vanamente lujosa y trepidante, algo que nos remite a otras decadencias o grandes mutaciones históricas.