Sarkozy quiere a Woody Allen

El director regresa a Europa con «Midnight in Paris», que enfurece a la izquierda por la encantadora imagen que ofrece de Francia 

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De 1.500 películas en barbecho, sólo han pasado 53 a la recta final. El comité de selección de Cannes hace y deshace, y dicta lo que va a estar de moda durante la próxima temporada. Se ha gastado 20 millones de euros en el evento, aumentando levemente su presupuesto en tiempos de crisis. Algunos medios franceses han puesto el grito en el cielo, pero el glamour se paga caro. Y si no que se lo digan a Nicolas Sarkozy, que ha preferido no pasearse por la Croisette, quizá enfadado porque los del festival han programado una película, «La conquista», que satiriza su llegada al poder.

El cineasta francés Robert Guédiguian se apresuraba a publicar un artículo de opinión donde se preguntaba con ironía por el modo en que Woody Allen iba a retratar «lo francés» en «Midnight in Paris», su última comedia romántica, que abrió ayer, con música de Cole Porter y letra de Scott Fitzgerald, Hemingway y acólitos, la 64ª edición del Festival de Cannes. Ironía que parece un banal pretexto para ocultar la verdadera causa de la indignación de la izquierda francesa ante la feliz, encantadora incursión de Allen en la escena parisiense: que el director de «Annie Hall» cuente con el beneplácito de Sarkozy y su primera dama, Carla Bruni, que tiene un cameo en la película (dos breves escenas) como guía del museo Rodin. La presencia de Bruni es el rutilante símbolo de uno de los temas del filme: la imagen idealizada de «lo francés» como nutritivo alimento para el ingenuo aspirante a artista americano. Dicen las malas lenguas que Allen le hizo repetir más tomas que a ningún otro actor: Allen siempre se ha vengado de sus fantasías.

«Un artesano voluntarioso»
El cineasta repitió en rueda de prensa que sigue considerándose un aspirante, un artesano voluntarioso. Es una máscara como cualquier otra, aunque su deliciosa película, que revisita impúdicamente el territorio de «La rosa púrpura de El Cairo» y «Alice», saca mucho provecho no sólo de ridiculizar la mirada de turista de los americanos en la vieja y admirada Europa, condensada en un montaje de todos sus clichés de postal que recuerda a los de «Manhattan», sino también de poner patas arriba los tópicos del París bohemio de los años 20, esos que han cimentado su fama de capital de la cultura europea. La desvergüenza con que Allen se enfrenta a su particular viaje en el tiempo –el retrato que hace de Dalí (Adrien Brody) es especialmente hiriente– hace que se atreva a reencarnar a escritores como Scott Fitzgerald, Hemingway y Gertrude Stein, y a pintores como Picasso y Matisse, sin que le asusten los parecidos razonables, ni los «décalages» entre la fantasía del espectador y la de su imaginación.

Como la Mia Farrow de «La rosa púrpura», Owen Wilson encuentra la puerta de entrada a otra dimensión, la de un mundo fantástico que le ayuda a escapar de una vida que no le gusta, controlada por una mujer castradora con la que está a punto de casarse. «Midnight in Paris» habla de la nostalgia como equívoca tabla de salvación. Pensar que cualquier tiempo fue mejor, ¿no es más que una forma de negación de los placeres de la vida contemporánea? La nostalgia «es una trampa», admitió Allen. «Todos queremos huir de nuestra propia vida, pero no vamos a encontrar un dentista con novocaína o disfrutar del aire acondicionado en la Belle Epoque».

Universo artificial
Cuando Wilson, un desengañado guionista de Hollywood que está escribiendo su primera novela, espera cada medianoche a que un automóvil de los años 20 lo transporte al mundo al que sueña pertenecer, está proyectando sus deseos de convertirse en artista en un universo artificial, un parque temático de clichés que Allen contempla divertido, como un turista accidental que visita un museo de cera. Ante el pesimismo en clave rohmeriana de «Vicky Cristina Barcelona», su otra película declaradamente vacacional, «Midnight in Paris», que recibió su buena cuota de risas y aplausos en su presentación para la Prensa, recompensa a su protagonista con un amor en presente. Es la cara más amable y romántica de un misántropo que sigue queriéndonos.

¿Bruni, mamá en octubre?
El martes pasado, Bruni confirmó que «por razones personales y profesionales» no acudiría a la 64 edición del Festival de Cannes, que se abre con la película de Woody Allen en la que interpreta a una guía de museo. Según la revista francesa «Gala», el motivo es que dará a luz a su segundo hijo a mediados de octubre. Dice tener fuentes fidedignas para confirmar el embarazo y la fecha del parto de la ex modelo y cantante. El rumor comenzó en abril y sigue aumentando a pesar de
los silencios y de los desmentidos oficiales.

El detalle: Justicia para Bertolucci
Con cara de pocos amigos y ganas de meterse debajo de la mesa, el presidente del jurado de Cannes, Robert de Niro, se mostraba escéptico ante los premios festivaleros: «No siempre ganan los que se lo merecen». Quizá hablaba de Bernardo Bertolucci, que, en silla de ruedas, celebró ayer ante lo medios la Palma de Oro a toda su carrera. Lo cierto es que Bertolucci nunca tuvo suerte en la sección oficial, pero ayer no hubo lugar para resentimientos: «Mis películas no ganaron una Palma de Oro, pero ésta premia la secuencia de mi vida». Bromeando acerca de la copia restaurada de «El conformista», que se proyectará como tributo a su obra, Bertolucci pronunció un deseo: «Ojalá los técnicos del laboratorio pudieran haberme restaurado a mí». Restaurado o no, tiene intención de volver a rodar. Su próximo proyecto: la adaptación de la novela «Io e te», de Niccolò Ammaniti.