Espadas sin filo y faenas aparentes

Bilbao. Sexta de las Corridas Generales. Se lidiaron toros de Victoriano del Río, justos de presentación y desiguales. 2º y 3º, buenos para el toreo; 4º y 5º, descastados y sin fondo. Rajado el 1º y renqueante el 6º. Lleno de «no hay billetes». Enrique Ponce, de tabaco y oro, pinchazo, estocada, descabello (palmas); pinchazo, estocada (silencio). El Juli, de grana y oro, pinchazo, media trasera, descabello (saludos); estocada baja (saludos). Miguel Ángel Perera, de rioja y oro, pinchazo, estocada trasera, descabello (saludos); estocada (palmas).

Miguel Ángel Perera en su faena de muleta, ayer, en Bilbao
Miguel Ángel Perera en su faena de muleta, ayer, en Bilbao

A su majestad, Santiago Martín «El Viti» fueron a parar tres brindis y la ovación de Vista Alegre. Cuánta torería cabe en maestro tan humilde. Un prodigio para los oídos, como antes lo fue para la vista y el corazón. La plaza bilbaína colgó el ansiado cartel de «no hay billetes» y con ese cartel, el del lleno y el de los toreros, creímos tener ya de antemano la tarde hecha. Se deshizo en cambio poco a poco. Victoriano del Río lidió ayer una corrida desigual de presentación y en general por debajo del toro de Bilbao. Cantó pronto su mansedumbre el primero de la tarde, del que dio cuenta Ponce, aunque aquello era como darse golpes contra la pared. El triunfo distaba de aquello lo insalvable. Lo intentó Ponce al calor de las tablas, donde se reclutó el toro, pero ni ahí quiso coger el engaño pasada la primera tanda de prueba. El cuarto, con mucha caja, andaba suelto de cara, mironcete y acabó por descomponer el trasteo a las primeras de cambio. Ponce se iba inédito, sin lote.

Otra impresión nos dejó el segundo, que tenía profundidad en la embestida. Fue toro de menos a más y en esa evolución descolgó el cuello, acudió con buen talante a la muleta de El Juli, que lo puso todo pero menos fino. Esa cabeza privilegiada que tiene para dar con la tecla funcionó a menor velocidad. Más forzado en el trazo del muletazo y cosas sueltas buenas pero sin redondear. Por ejemplo, en mitad de una tanda o como remate, bordó dos naturales de mucha expresión, de mucha fuerza. La espada le privó de mayores resultados. El quinto no le hizo fácil la travesía. Al rematar la primera tanda diestra con un pase de pecho se encontró con el pitón casi en la cara. Repetiría después el de Victoriano. En cambio, azuzó Julián con un arrimón de dominio, de control de la situación a pesar de que el toro no iba, no quería ir.

Movilidad y buen pitón zurdo tuvo el tercero. Fue el otro toro de la tarde. Miguel Ángel Perera conectó con el público en ese alarde de facultades al que nos tiene acostumbrados en el ocaso del trasteo: los circulares sin perder espacio. Sin rectificar. Antes dibujó una faena con pasajes interesantes, como una tanda de naturales, otra de derechazos y una gran habilidad para coser los pases de pecho del cierre de serie. Entre unas cosas y otras quedó postergado el ritmo y la espada desdibujó el encanto general que había dejado tras los circulares. El sexto renqueaba más de la cuenta, le pesaban las manos y en vez de entrega pasaba por allí descompuesto. Perera se extendió en una labor que estaba predestinada.

Sabor raro acabado todo. Un sí pero no con dos toros y un (resto) de la corrida que nos dejó fríos. Mala clase, poca clase. El percal se nos había quedado en nada. Ni el toro había sido el de Bilbao Bilbao ni nos había dejado huella la tarde. Y esa plaza hasta la bandera. Su Majestad El Viti había reinado en la sexta de las Corridas Generales. El ejemplo de cómo la torería perdura más allá del ruedo.