Florinda y la TV apagada

Esos estereotipos virtuales que nos acompañan desde internet sólo tienen de novedad la velocidad. Con tanta velocidad, el tiempo tiene prisa incluso en domingo. Pero las suegras virtuales (Florinda Chico), los abuelos de pueblo de maleta de cartón (Martínez Soria), los golfantes castizos con voz de anís (Juanito Navarro), los «cuñaos» novios de la soltería (López Vázquez) y el vecino tenue incluso en su soledad (Manuel Aleixandre) están registrados en una generación de actores que llega hoy cumpliendo fielmente con la función de la muerte, como si la muerte fuera una premier del Teatro Español y en Madrid no se hablara de otra cosa. Estos actores se van muriendo, adentrándose ya en la cripta común de las hemerotecas, pero fijados en la memoria de la gente, que es el único bien que el Estado no puede expropiar. Ser actor es vivir viajando a ninguna parte y acabar tan desmemoriado que se confundan los éxitos con los fracasos y los fracasos con la vida. Así como a López Vázquez, Amilibia lo recuerda esperando un autobús de línea para escuchar una oferta de George Cukor porque quería ahorrarse el dinero del taxi en Los Ángeles, nosotros seguiremos viendo a Florinda Chico, felizmente rolliza y mandona, al entrar en la salita. Incluso aunque el televisor permanezca apagado.