Ay las nubes

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«El mejor destino es el de supervisor de nubes, acostado en una hamaca y mirando al cielo». No sabía el gran Ramón que su greguería se haría miel en todas las bocas, medio siglo más tarde, gracias a un Presidente del Gobierno en trance de retiro. Mucho han criticado ese paso hacia la indolencia de Zapatero, y no comparto el berrinche. Pasa con los políticos. Se humanizan cuando su horizonte se aleja del poder. Transcribo a Lamartine: «Cada ciudadano aborda a otro con inquietud. Todo el mundo tiene una nube sobre la frente. Es de esas nubes de donde salen los relámpagos para los hombres de Estado, y algunas veces también, las tempestades». No otra cosa pretende Zapatero que ver pasar cúmulos, cirros y estratos y alejar la niebla de la nube baja que le ha acompañado ocho años sobre su frente. «Las nubes del relámpago, el anuncio del infierno», según Whalen. Ha estrenado Gustavo Pérez Puig una comedia atípica de Jardiel, «Las cinco advertencias de Satanás». Para Jardiel Poncela, «lo peor del infierno son los primeros tres días», es decir, hasta que uno se acostumbra. En cambio, la supervisión de los azules y el camino de las nubes no precisa de un proceso de adaptación. Es siempre un hermoso y dulce trabajo, al que me sumaría de poder conseguirlo. Mientras se alcanza la consecución, bueno es dejárselo a Zapatero, en tumbona o hamaca, encontrando metáforas y figuras de poeta, como las del cursi de Arrieta: «Pequeña nave blanca/ de ebúrneas velas y argentina proa,/todo grácil, traslúcida, y suspensa/ en un sueño de mago». De vivir entre nosotros en la actualidad, habría que meter a Arrieta en la cárcel durante algunos meses, y prohibirle la contemplación de las nubes. Claro, que don Gustavo Adolfo no se queda atrás. «Nubes de tempestad que rompe el rayo/ y en fuego ornáis las desprendidas orlas». Me pregunto: ¿Alguien con dos dedos de frente y alta sensibilidad ha visto en alguna ocasión que tras el lineal estallido del rayo el fuego haya adornado las orlas desprendidas? Don Gustavo Adolfo, con Arrieta a la trena.

Castilla la alta, León inmersa en ella, ofrece la más extensa variación de cielos y de nubes, de tonos y de vientos, de calmas y relámpagos. Buena es la hamaca para supervisar sus cambios y sus caprichos. Se me antoja dignísima la pretensión de Zapatero. De Presidente del Gobierno a Supervisor de nubes. ¿Por qué lo atacan? Lástima que no eligiera a su debido tiempo la segunda actividad en perjuicio de la primera. Pero el ser humano tiene que ser respetado cuando encuentra su sitio, ese rincón, esa esquina tan difícil de hallar a lo largo de la vida. Si el sitio es una hamaca para observar el cielo, respetado sea. Vamos a llenar de poetas nuestras prisiones imaginarias. A Bécquer y Arrieta se une Villaespesa, con probado delito literario:

«Contemplando las nubes me dijiste:/ -Son vírgenes que van/ a llenar de amargura sus ánforas/en las aguas azules de la mar». En esas andará Zapatero durante su merecido descanso. Algo habrá escrito el buen poeta Gamoneda de las nubes. Encuentre tumbado la figura y la metáfora. Pero no caiga en el intento de descifrarlas. Larga distancia media entre supervisar y descifrar. Se lo advierte Cela, el inolvidado don Camilo: «Las nubes, hijo mío, con sus blandas cárcavas y sus cimientos móviles, guardan indescifrables teoremas, cuyo planteamiento no es sano para los hombres». Feliz futuro.