La imposible tarea de ser belga

El secesionista Bart de Wever liderará la sexta reforma del Estado sin un modelo claro.

Banderas nacionales de Bélgica cuelgan en los balcones de un edificio residencial en Bruselas
Banderas nacionales de Bélgica cuelgan en los balcones de un edificio residencial en Bruselas

Pocos como el saliente primer ministro de Bélgica, Yves Leterme, han definido de una manera tan cruda y directa a su país cuando dijo, hace algunos años, que «el Rey, la selección nacional y algunas cervezas» son lo único que comparten los belgas. A nadie se le escapa la complejidad de la existencia de un Estado sin un sentimiento común, llámese nacionalidad o ciudadanía. Y desde que Bélgica se incorporó al mapa europeo en 1831, lo poco que ha caracterizado la identidad belga ha sido, más bien lo que no eran: protestantes y holandeses.Tras cinco décadas caminando hacia un federalismo que no termina de llegar, los belgas encararán próximamente la sexta reforma del Estado que capitaneará Bart de Wever, el secesionista que se esconde bajo las maneras de un político responsable. Porque aunque la división del país es lo que ha sobrevolado en las elecciones, y es el tema que rumian políticos y ciudadanos, pocos quieren hablar de división.«Quiero un Estado que funcione, y por lo visto en éste las cosas tampoco van tan bien», sentencia Christo Vanhecke, un empresario flamenco que pasea por el centro de Vilvoorde. Ésta es una comunidad de las 60 que forman Halle Vilvoorde (HV), la falla en torno a Bruselas donde chocan las dos grandes placas lingüísticas: los flamencos del Norte (60%) y los francófonos de Valonia, al Sur (30%). Dos comunidades que viven de espaldas, cada una con sus medios, sus partidos políticos y, sobre todo, con sus prejuicios respecto a sus vecinos. Los flamencos, cuadriculados e insolidarios, partidarios de la disolución nacional ahora que su economía emprendedora ha dejado atrás a la caduca industria pesada valona. Los francófonos, vagos y despilfarradores, rodeados de un sistema benigno con la corrupción y el nepotismo.La incapacidad para solucionar la excepcionalidad de Bruselas y sus alrededores (HV), la tercera región de la discordia entre flamencos y valones, donde los francófonos gozan de algunos privilegios, ha sido el casus belli que ha llevado al Estado de nuevo al diván para remover su pasado y, sobre todo, reflexionar sobre su futuro.Y en esta tarea nadie mejor que un historiador como De Wever, que arrasó entre los flamencos (30% de los votos), lo que le valió para ser la primera fuerza del conjunto del país en la cámara federal. Frente al radicalismo independentista del otro movimiento flamenco, Vlaams Belang, De Wever camufla la desintegración de Bélgica en la creación de una confederación, que sería poco más que un cascarón con escasas competencias comunes, como Exteriores o Defensa. Un camino que quiere recorrer a partir del federalismo sin completar en el que ahora viven los belgas, incapaces durante los últimos tres años de Leterme de terminar de culminar «en aspectos tan esenciales como el empleo», explica el politólogo Pascal Delwit.«No he votado a De Wever y nunca lo haría», comenta Els Gillijans, una diseñadora flamenca. «Estoy cansada de que lo único que se hable en este país sea de acabar con él», protesta. Sin embargo, un importante número de flamencos manifiesta cierto hartazgo hacia el sur. De hecho, Vlaams Belang, partido de extrema derecha y defensor de la ruptura, fue la segunda fuerza más votada en 2007. Sus frutos los ha recogido De Wever, un político capaz de moderar su lenguaje y sus ambiciones personales hasta el extremo de ceder el cargo de primer ministro al socialista Elio di Rupio, vencedor en Valonia, con el fin de llegar con crédito a la mesa de negociación de la coalición de Gobierno que formarán probablemente hasta cinco partidos: la Nueva Alianza, los socialistas y democristianos de ambas comunidades y los ecologistas francófonos.La pasada semana, el rey Alberto II le encargó la tarea de «informador» para tantear la coalición de gobierno, que posteriormente culminará el «formador» y probable primer ministro, Di Rupio. Los ejes serán cómo abordar los problemas financieros, –Bélgica tiene una deuda del 100% del PIB–; la reforma del Estado y cómo reforzar la cohesión social.A pesar de que nadie quiere hablar de división, se palpa cierta sensación de inevitabilidad del vaciamiento de Bélgica, y quizá de lo que una vez fue ser belga. Como dijo el poeta simbolista belga Maurice Maeterlinck «cuando perdemos lo que queremos, nuestras amargas lágrimas serán convocadas por la memoria de las horas cuando no quisimos lo suficiente». Puede que en no mucho tiempo, unos y otros se arrepientan de no haber querido lo suficiente ser belgas.

ANÁLISIS. Un sistema electoral perversoPor Pedro G. Poyatos

¿Cómo se vota en Bélgica?–Bélgica es un país federal donde el voto es obligatorio y no existen partidos nacionales. Está dividido en tres regiones: Flandes, donde se habla neerlandés; Valonia, con el francés oficial; y Bruselas, que es bilingüe. Cada belga vota a los partidos propios de su región. Así, existen socialistas, liberales y democristianos flamencos y francófonos.¿Qué problema hay en BHV? –Es el origen del conflicto que divide Bélgica desde hace años. El distrito de Bruselas-HalleVilvoorde engloba a 19 municipios de Bruselas y 35 de la provincia flamenca de Brabante. En seis municipios con alta presencia de francófonos, éstos disfrutan de «facilidades administrativas» especiales que les permiten dirigirse a la Justicia en su propia lengua y votar a partidos francófonos en Bruselas.¿De qué se quejan los flamencos?–Rechazan este trato especial. Los flamencos que viven Valonia no disfrutan de las mismas prerrogativas. Por eso, exigen dividir el distrito, lo que facilitaría la delimitación de sus fronteras en una hipotética independencia. La supuesta invasión del idioma galo está siempre presente en el discurso nacionalista.¿Son imprescindibles las coaliciones para gobernar?–Sí, porque nadie tiene mayoría en el Parlamento de 150 escaños. La ley obliga a que el Gobierno cuente con partidos procedentes de ambas comunidades. Como los flamencos son el 60%, el primer ministro belga suele proceder de allí. Sin embargo, el socialista francófono Elio Di Ripo puede cambiar esta tradición ante el poco interés del independentista flamenco Bart de Wever de ser «premier» de su odiada Bélgica.