La doble moral

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En el fondo, que no en la forma, debemos comprender que tiene que ser así. La gloria del farsante –y el farsante no es otra cosa que el intérprete de una farsa–, obliga a la permanente representación. La piel, la primera casa del hombre, en un cineasta cambia de continuo, y se convierte en primera casa de sus personajes, que cambian frenéticamente si el actor o la actriz alcanzan la popularidad y el éxito. La doble moral, la luz y el velo, el grito desgarrado y el lujo ridículo de la nueva riqueza, se mueven por ahí sin duelos ni quebrantos. Me ha fascinado la naturalidad de Penélope Cruz lamentando –y no tengo motivos para dudar de la sinceridad de su lamento– la desesperanza de los llamados indignados con domicilio eventual en la Puerta del Sol. «Me rompe el corazón verlos»; «me los llevo en el corazón». Se le rompe el corazón pero simultáneamente, el corazón se agiganta y hospeda a todos en su interior. Es frase de santa. Penélope Cruz no es Emma Suárez ni Leonor Watling. Todo es cuestión de gustos, y para mí que es muy inferior a las dos actrices mencionadas. Pero ha triunfado en los Estados Unidos y eso tiene mérito, sean cuales sean las sendas que ha tenido que superar para alcanzar la cima. No entra en mis preferencias. Le falla la voz, la naturalidad y el exceso de morenez plástica. En otros tiempos habría competido en estridencias dramáticas y trágicas con Lola Flores. Pero está ahí y no es discutible su mérito y su éxito. De igual modo su solidaria bondad. Lo que ignoramos es su dilema de «quién es quién». ¿Es Penélope Cruz la cejera solidaria o es Penélope Cruz la nueva millonaria sin tapujos?

Se dejó caer por Madrid en un avión privado. No es delito. Quien pueda pagarlo, que lo disfrute. Se dejó caer por Madrid con su hijo y siete personas de servicio. No es delito. Quien pueda pagarlas, que goce de las comodidades. Renunció a alojarse en el Hotel Santo Mauro, de cinco estrellas, con el resto del equipo de su última película «Piratas del Caribe 4». No es delito. Una persona identificada fundamentalmente con la izquierda intelectual tiene pleno derecho a renunciar a un hotel de cinco estrellas. No obstante, exigió que se le reservaran tres «suites» en el Hotel Villamagna, el más caro de Madrid. Entre las «suites», la llamada Real, que se factura a dos mil euros por noche. No es delito. Llevaba tan inmersos en su corazón a los acampados que eligió para ella un espacio similar al del campamento de Sol. En un arranque de sencillez, pidió que todas las toallas fueran del mismo color. Fue tranquilizada por la dirección del hotel. «Tenemos la costumbre de que todas las toallas sean siempre del mismo color». A Penélope, y es lógico, le preocupaba sobremanera encontrarse una toalla azul aquí, otra rosa allá, y una verde con flores estampadas en amarillo acullá. «Por ahí no paso. Soy una mujer de izquierdas y tanto color es sinónimo de derroche», hubo de decirse. Y no pasó. He leído críticas al respecto. Creo que son infundadas o simplemente soportadas en la mala intención. Una actriz triunfadora no tiene que comportarse como una persona coherente con sus ideas y sus solidaridades. Es eso, una actriz, una intérprete de figuraciones, una profesional de la farsa, en el sentido literal, que no peyorativo. Su estancia en Madrid, además, ha debido resultarle muy dolorosa. No sólo por los acampados, sino por su renuncia a visitar Alcobendas, su lugar de nacimiento, tan añorado en sus lejanías. Para una actriz con tanta izquierda en su cultura, es normal el dolor de su corazón mientras duerme en la «suite Real» del Villamagna. No admitirlo es de fascistas.