En el aire: La Obra Social de las Cajas pendiente de la reforma

Son casi la mitad del sistema financiero español. Están distribuidas por toda la geografía y casi puede decirse que no hay un solo rincón de nuestro país sin una oficina de una caja de ahorros. Su activo supera los 1,3 billones. Prestan a sus clientes por un importe cercano a los 900.000 millones y gestionan ahorros por un valor superior a los 770.000 millones.

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Pero hay otra faceta de las cajas, quizás numéricamente menos relevante, pero que está íntimamente ligada a su razón de ser. Es el lado más humano, la Obra Social, el que une emocionalmente a estas entidades con ciudadanos anónimos a través del tiempo libre, la cultura, la asistencia social y sanitaria, la educación o la conservación del patrimonio histórico artístico de la ciudad, la región o el barrio. Es la otra cara de las cajas. La que no conoce crisis.

La que ha permitido a estas entidades destinar más de 8.500 millones de euros en los últimos cinco años a hacer la vida más amable a más de 162 millones de ciudadanos (casi cuatro veces la actual población), que son las personas, clientes o no, que se han beneficiado en 2009, el último año del que se disponen datos globales, de algunas de las 199.724 actividades que emprendieron las 46 cajas de ahorros españolas.

¿Está en peligro la Obra Social de las cajas? No parece, pero no cabe duda de que el proceso de reforma del sistema financiero ha despertado algún que otro temor sobre su futuro, si, como parece, muchas de estas entidades se ven obligadas a convertirse en bancos para poder continuar su actividad, como se propugna desde el Banco de España y Economía.

El dividendo social

Es cierto que de la marcha de las cajas de ahorros depende en buena parte la salud del sistema financiero español. Pero no lo es menos que ligado a estas entidades está el futuro de cerca de medio millar de centros de ocio para las personas mayores, 155 residencias, un centenar de instalaciones deportivas, más de una veintena de campamentos y colonias infantiles, 220 bibliotecas, 46 museos, 21 teatros o 39 auditorios de música. Pero también hay hospitales, unidades móviles, centros universitarios, centros de acogida de mujeres o centros de enseñanzas especiales, así como la conservación de edificios y núcleos históricos.
Forman parte de la razón de ser de estas entidades. Porque nacieron hace más de trescientos años para evitar la exclusión social de algunos colectivos de trabajadores. Hoy, por ejemplo, son el principal apoyo privado de las Organizaciones no gubernamentales.

De acuerdo con los datos facilitados por la Confederación Española de Cajas de Ahorros (CECA), en 2009 estas entidades destinaron a Obra Social 1.775 millones de euros, de los que el 41% (726 millones) fueron a parar a asistencia social y sanitaria, actividad en la que destacan la creación y mantenimiento de residencias para personas mayores y discapacitados, programas de asistencia para inmigrantes y marginados o guarderías y jardines de infancia. La cultura y el tiempo libre absorbieron el 33% de la inversión; la educación y la investigación, el 17% del total (307 millones), y la conservación y mantenimiento del patrimonio histórico artístico y natural, el 9% restante.

Y es que, a principios del siglo XVIII nacieron como montes de piedad con el fin de prestar dinero a las clases populares para defenderlas de los usureros. No fue hasta el siglo XIX cuando las cajas empezaron a movilizarse para atraer el ahorro de los jornaleros, comerciantes y tropas. La unión de ambas actividades, la crediticia y la de captación del ahorro, permitió que las cajas de ahorros y montes de piedad generaran beneficios que, a falta de accionistas, se empezaron a destinar a favorecer a las clases más populares en sus necesidades más perentorias. Pero no fue hasta después de la postguerra civil cuando la Obra Social toma la forma y el carácter con el que se la reconoce ahora.

Pasa de ser casi sólo benéfica a teñirse de altruismo, de compromiso con la sociedad en la que ha echado sus raíces. En 1947, por ejemplo, las cajas de ahorros españolas destinaban ya a Obra Social 12,5 millones de euros. La cifra de 100 millones se superó en el año 1965; los 500 millones, en 1990 y los 1.000 millones, en 1999, con el final del siglo XX.

Las crisis suelen venir acompañadas de reformas. Pasó en los años setenta y también en los noventa, con la segunda gran oleada de fusiones entre cajas de ahorros, que concentró todavía más el sector. La actual no va a ser una excepción.

Un sector más inmune

Las dificultades de financiación en los mercados de capitales ha forzado una reconversión del sector y ha convertido en obsesión para los Gobiernos la necesidad de fortalecerlo y hacerlo más inmune a situaciones de pánico, como la que se vivió tras la quiebra de Lehman Brothers.

En España, la reconversión se ha centrado en las cajas de ahorros, que se han visto obligadas a modificar su naturaleza jurídica para hacer posible la entrada de capital privado, que refuerce sus estructuras. Y es ahí donde radican las dudas sobre el futuro de esas decenas de miles de actuaciones que llevan a cabo en sus regiones de origen en los ámbitos de la sanidad, la lucha contra la exclusión, la ayuda a los discapacitados o la popularización de la cultura.

La concentración de las cajas ha creado una nueva figura, los Sistemas Institucionales de Protección, una especie de fusión fría de varias cajas, en la que las marcas permanecen y los riesgos se prorratean, y donde la actividad bancaria se transfiere a un banco nuevo del que las cajas son accionistas en proporción a su tamaño. Estos bancos, los de los SIP, saldrán a Bolsa y tendrán otros accionistas privados junto a las cajas que le dieron origen. Éstas recibirán el dividendo cada año, que teóricamente garantizará la continuidad de la obra social.

Aquellas cajas que por su tamaño o solvencia han decidido permanecer como tales (Ibercaja, BBK, Vital, Unicaja, Unnim, Catalunya Caixa…) no verán modificada su forma de repartir los beneficios: prioritariamente a reservas y, el resto, a Obra Social, como venían haciendo. Queda la duda de qué puede suceder cuando las cajas fundadoras de un SIP pierdan la mayoría del capital de éste. Automáticamente tienen que convertirse en fundaciones, que recibirán también sus dividendos, en función de su participación. Es el modelo italiano que está funcionando con buenos resultados en este país.

Varias posibilidades

¿Y si entra el FROB? Es una posibilidad que está prevista en la reforma de la reforma, en lo que Elena Salgado ha llamado Plan de Reforzamiento del Sistema Financiero y que va a ser aprobado, casi con toda seguridad, este viernes. Si una caja de ahorros tiene que ser recapitalizada por el FROB (Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria) por no haber podido alcanzar los niveles mínimos de solvencia exigidos (8% o 10% de capital principal, según los casos), la entidad tendrá que presentar un plan de ajuste, operación que afectará a la Obra Social.

En esta situación y con carácter temporal la entidad tendrá que atender primero a elevar sus ratios de capital sobre activos en riesgo y después a los compromisos adquiridos con la sociedad. Pero ni en la ley de reforma de las cajas ni en el plan de reforzamiento está contemplada la posibilidad de que la Obra Social desaparezca.